Cuando a Anna le dijeron que tenía que perdonar a su esposo, el que había tenido una hija con una de sus primas, que la había despreciado hasta el final de su relación, y que, con las semanas, terminaría descubriendo le fue infiel un total de 16 veces, pensó que se trataba de un chiste de pésimo gusto.
¿Cómo se
perdona a alguien así? Además, él nunca le había pedido perdón. De hecho, la
última vez que hablaron, le dijo que jamás le daría un solo peso para mantener
a su hijo, pues no creía que fuera suyo. Claro, el ladrón siempre juzga por su
condición, pensó Anna. El niño era idéntico a él, para tristeza (oculta y vergonzosa)
de ella. Se sentía muy confundida porque amaba mucho a su niño, pero él le
recordaba sin saberlo en absoluto, la etapa más dolorosa de su vida. Poco
tiempo después, Dios también le dijo que tenía que perdonar al niño, aunque a
penas podía hablar.
Verás, el
perdón no se trata del ofensor. El perdón se trata de la restauración de tus creencias,
decisiones y afectos. Es sobre tu alma. El perdón no depende de nadie más que
de ti ni beneficia a nadie más de lo que te beneficia a ti. He aprendido que el
perdón es el fundamento de vivir plenos en la vida y que es el camino para
llegar a otro pilar del bienestar: pasar por alto la ofensa.
Digamos que
uno comienza perdonando todo lo que lo ofende, lo que le dicen, cómo se lo
dicen, cuándo se lo dicen. Uno perdona todo lo que se acerca a heridas que para
los ojos de su interlocutor son invisibles, pero para uno son evidentes e
intocables. Porque uno es el que está resentido pero la mayoría del tiempo no
lo sabe. El prójimo no es responsable de que tú no quieras ni puedas compartir
tu comida porque cuando tenías 6 años, Robertito tu primo te quitaba toda la
merienda cuando visitabas la casa de tu abuela. El prójimo no tiene ni idea de que, para ti,
desde el último día que viste a Robertito (cuando se fue a vivir a otra ciudad),
te prometiste jamás volver a compartir con nadie. El prójimo no tiene ni idea
de tu voto interno y de lo agraviante que es para ti que si quiera se les
OCURRA pedirte un poco de tus papas a la francesa cuando vas a Carls Jr. En
realidad, ni tu ni el prójimo saben que ese pedido estaba vulnerando tu
sensibilidad, pero no es responsabilidad del prójimo saberlo. Es tuya. Por eso
tú necesitas perdonar y sanar. Tu no lo sabes, porque se te olvidó, pero esa
irritación irracional muestra que algo hay que resolver.
Vivimos en
un mundo de gente herida que anhela justicia por ofensas que no recuerdan, pero
por las que demandan restitución inmediata cuando alguien se las evidencia un
poco. Que tu no seas consciente del impacto que Robertito tuvo en tus conductas
adultas, no te exime de la responsabilidad/necesidad de curarte de esa irritabilidad
que tanto perjudica a todos los que te aman, te rodean y también necesitan
lidiar con sus propias heridas inconscientes.
Por eso el
perdón no tenía nada que ver con el HP que perjudicó tanto a Anna y a su hijo.
Tenía todo que ver con ella. Anna tuvo que decidir perdonar, aunque no lo
sintiera. Aunque lo único que quisiera es mandar a secuestrar y drenar todas
las finanzas de ese hombre pequeño, pues sentía que eso había sido él para ella:
una prisión y desagüe de vida. Anna tenía el poder porque su familia tenía
negocios que marginaban la ley y sus hermanos tenían un temperamento
intempestivo y violento. Pero Anna no lo hizo, porque ese Hombre Pequeño seguía
siendo papá de su amado hijo.
Cuando Anna
decidió perdonar al papá de su hijo, aunque no lo sintiera, aunque quisiera
todo lo peor para él, recibió una paz sobrenatural que nunca había
experimentado antes. Anna entendió que si Jesús la perdonó y la sigue
perdonando, que si la muerte y resurrección de Él cubrió la multitud de sus
pecados, lo que correspondía es regresarle a todos los que la hubieran ofendido
ese perdón.
Eso es lo
hermoso de Jesús. Las últimas palabras que dijo en la cruz fueron “perdónalos
porque no saben lo que hacen”. A los que lo ejecutaron. A los que lo dejaron
hecho una sola herida. Y en ese perdón estábamos nosotros. A diferencia de
todos los credos que existen, de todas las religiones que tienen dioses, o que
hacen de cosas dioses, el cristianismo es la única que plantea a un Dios que se
hizo hombre para regalarle a la humanidad, por precio de nada, un perdón que vale
y cubre todo.
Porque a
nosotros no nos cuesta creer en Jesús como Salvador, pero a Jesús le costó toda
su humanidad darnos ese privilegio. Mientras los dioses de la antigüedad
demandaban sangre en intercambio por favores de la divinidad, Jesús vertió toda
la suya para restaurar nuestra relación con el Padre. Entonces nosotros recibimos
todo el perdón de Dios para poder acercarnos confiadamente delante de Él y
alcanzar ayuda en tiempos de aflicción. Y con ese perdón, que no nos costó
nada, pero nos llena todo, podemos perdonar a los demás. Recibimos perdón, cuyo
único requisito para obtener es el pedirlo, y podemos entregarlo en libertad a
todos los que nos ofenden.
He
descubierto que el perdón es algo que al principio se hace con muchísima
frecuencia por muchos motivos, pero que conforme pasa el tiempo, se van
decantando y haciendo más profundos. Al principio uno puede perdonar hasta
porque la señora del mercado lo miró mal, o al que lo cerró cuando iba
manejando. Con el tiempo uno aprende a perdonarse a sí mismo por los límites
que no puso, por el abuso que tanto le hizo desarrollar fortalezas mentales que
se convirtieron en caminos de muerte para su vida. Como todo con el Señor, es
un proceso.
La oración
que se volvió casi rezo para Anna de perdón a su exesposo fue algo así:
Papá, muchas
gracias por la vida que me has dado. Gracias por mi amado hijo Raulito. Gracias
porque tengo mucho más de lo que necesito. Gracias por mi trabajo. Gracias
porque tengo una familia que se siente feliz y triste conmigo. Gracias porque
ellos me expresan tu amor.
Te pido
perdón porque ayer me enojé mucho cuando Raulito me desobedeció y le grité.
Perdón por perder tanto tiempo viendo series y películas. Perdón porque todavía
tengo resentimiento contra ya sabes quién. Recibo tu perdón Papá y lo quiero
dar.
Hoy quiero
perdonar a ya sabes quién. Ya sabes quien, te perdono porque hoy recordé que me
dijiste que yo había sido el peor error que cometiste esa última conversación
que tuvimos y me dolió mucho. Te perdono porque me sentí desvalorada, rechazada
y muy enojada con ese comentario. Reconozco que eso me ha hecho creer que no
merezco amor. Pero porque he recibido el amor y perdón de Jesús, decido
perdonarte. No me debes nada y no te debo nada. Rompo toda atadura de
resentimiento. Eres libre de mí y soy libre de ti. Reconozco todos esos
sentimientos de impotencia, frustración y enojo y los suelto. Tú no eres
responsable de satisfacer mis necesidades emocionales, espirituales y físicas.
Eso sólo lo puede hacer mi Padre Celestial. Papá, te pido que hagas Tu parte,
yo ya hice la mía.
Señor, por
favor reemplaza mis sentimientos de amargura por gozo. Que el resentimiento y
la ira no formen parte de mi motivación detrás de mi relación con ya sabes
quién. Alinea mis sentimientos con los Tuyos Papá.
Renuncio a sentirme
desamada, renuncio a sentirme rechazada, renuncio a sentirme desvalorada. Renuncio
a creer que no valgo, o que valgo menos que mi prima. Renuncio a ser víctima.
Renuncio a la ira y renuncio al enojo.
Me
comprometo a vivir este proceso de perdón y restauración de Tu mano Jesús. Como
dice el Salmo 23, unge con aceite mi cabeza, sana mis heridas Señor. Quiero
hacer Tu voluntad conforme sano amado Dios.
Ya sabes
quien, rindo el derecho de ser tu juez y tu abogada demandante. Rindo todos mis
juicios en tu contra. Yo no soy quién para juzgarte, ese lugar es
exclusivamente de Dios. Y Papá, te pido que tengas misericordia de él, quítale
todas las excusas para buscarte, abre sus ojos para que se pueda acercar a Ti. Quítale
todos los colchones, todos los apoyos humanos que tenga, para que seas Tú su
único lugar seguro. Haz con él como haz hecho conmigo. Hazme justicia en contra
de esos enemigos que tengo: la infidelidad, el maltrato, la destrucción de mi
familia. Tuya es la venganza, tú pagarás.
Ayúdame a
mantener los límites correctos con ya sabes quién Papá. Y me comprometo a dejar
este perdón concluido y a evitar volver a sacarlo a la luz.
Si el enemigo
de mi alma, alguien más o yo misma trae pensamientos de derrota, yo me
recordaré que ya perdoné y veré Tu gloria en mi vida.
En el
nombre tuyo Jesús, amén.
En Canaán le
enseñaron esta oración a Anna. Esta fue la oración que la ayudó a perdonar a su
HP, aún mientras él la seguía ofendiendo, aún mientras procuraba seguirla
despreciando. Con el tiempo, Anna entendió que todos esos maltratos y tristezas
hablaban más de él que de ella. Anna consiguió despersonalizar las ofensas y comenzó
a pasarlas por alto. De pronto, aquel HP se dio cuenta que no conseguía nada
ofendiendo a Anna, comenzaron a llevarse mucho mejor por el bien de Raulito.
Cuando el Hombre Pequeño y Anna eran novios, él le dedicó la canción de Palito Ortega “Te Quiero Amor,
Te Quiero”. Cuando el HP la defraudó y comenzó a perdonar para
sanar, ella se agarró de todos los perdones que decían los versos de esa canción
y los tomó como la manera de él de pedir perdón por anticipado. Esta acción,
que para todos podría parecer una bobería, le hizo mucho más fácil su proceso
de perdón.
Dios
siempre tiene salvavidas o recursos de sanidad para nosotros, empaquetados en
maneras variadas. Canciones, escenas de películas, poemas, libros, recuerdos
bonitos. Cuando tenemos un corazón agradecido y podemos reconocer algún buen
detalle de la persona que nos lastimó, perdonarlos se puede hacer un ejercicio
más sencillo. A esto se le llama gozo, a la gratitud y a la apreciación de los momentos
bonitos que componen nuestra cotidianidad.
No todas
las historias que producen heridas fueron una pena completa. El reconocer lo bueno
y agradecérselo a Dios nos hace más fácil perdonar a los demás. La vida de
todos es difícil, todos enfrentamos procesos, duelos, heridas y luchas. Pero la
gratitud y el gozo nos pueden hacer todo mucho más vivible y, con el tiempo,
hasta disfrutable.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario