jueves, 16 de julio de 2026

Cuando los mentirosos dicen la verdad


Hace muchos años, Antón le dijo a Sarah que ella era una adicta a la idea del matrimonio. Que ella “idolatraba al matrimonio”, más que quererlo a él. Y como tantas mentiras que escuchamos y hacen eco en nuestros corazones, algo de verdad tenía.

Antón estaba imposibilitado a reconocer, al momento de su infidelidad y de la campaña de desprestigio que emprendió en contra de Sarah, que ella sí lo quería. No de una manera que él pudiera entender, pero sí lo hacía. Lo amaba más de lo que ella se amaba así misma, como tantas codependientes de las historias que he escrito aquí. Claro, Sarah no se amaba mucho a sí misma, entonces quizás es verdad, no lo quería mucho. Pero dentro de su universo, Antón era el Sol y ella era la Tierra, girando en torno a él en cada emprendimiento, cada idea, cada problema. Ella, aunque se identificó en algún momento de su adolescencia como cristiana, llevaba muchos años sin caminar con Jesús. Entonces, cuando algo le pasaba, se preguntaba ¿qué haría Antón? Sus amigas se burlaban de ella por lo mucho que cada una de sus decisiones descansaban en el visto bueno final de su propio hombre pequeño.

Hablemos de las verdades de mentirosos.

El enemigo de todos los hombres usa muchas estrategias que pasan desapercibidas por lo internalizadas que las tenemos. Están en nuestro ADN prácticamente. Entraron a nuestra mente cuando el pecado entró en nuestras vidas. Por eso nos cuesta tanto ver. Por eso estamos tan ciegos. Todos.

Además de la estrategia que usa el diablo que les comenté en entradas pasadas de “asumir” la responsabilidad de lo que pensamos o creemos para mantenernos ligados a creencias autodestructivas (solemos culpar mucho al enemigo por cosas que nosotros necesitamos resolver en nuestra alma, y a él le encanta eso), otra de sus estrategias es el decir la verdad, fuera de tiempo, y a través de un corazón muy herido. Cuando alguien a quien amamos nos dice la verdad por fines egoístas y desde un mal lugar, nos es imposible reconocerla. Pero la verdad es cierta, aunque la diga un mentiroso.

Antón le dijo algo que en sus grupos de apoyo de Canaán Sarah descubriría, muchos años después. Pero cundo hablaron al respecto, ella se quedó en el comentario de Antón de “más que quererlo a él”. Para ella lo más importante era que Antón supiera que, de todo lo que ella pensaba que tenía, nada le había negado y lo quería como a un dios. Entonces lo de “idolatrar al matrimonio” sólo le generó enojo y frustración. No lo pudo razonar. No pudo escucharlo, por más que sí fuera verdad. Durante años ella vivió en negación completa de esa verdad evidente.

Sarah idolatraba el matrimonio. Para ella, la máxime de toda mujer era ser esposa y madre. Y fuera de eso, la vida no tenía sentido. Ella era muy chapada a la antigua. Sus abuelas le habían dicho toda su vida, hasta su adultez, que, para una mujer, el ser esposa y mamá era el centro de la identidad. Y ella no pudo concebir la vida de otra forma. Así que sí, para ella, el dios del matrimonio merecía todos sus sacrificios, todo su tiempo, todo su esfuerzo. Cuando estuvo con Antón, a pesar de lo amargado, mentiroso e infiel que le daba la sensación de que era en el noviazgo, decidió casarse porque consideró que tanto el dios de su vida presente, Antón, como el dios que sus abuelas le enseñaron a adorar, el matrimonio, podrían perfectamente vivir juntos.

Nada más falso.

Esos dos dioses le drenaron la vida. Ella perdió varios bebés durante los dos primeros años de su matrimonio, y lo cargó en silencio. Fue una experiencia muy dolorosa, pero pensaba que, si Antón se enteraba de ello, la dejaría, porque uno de los también dioses de este hombre pequeño era ser papá. A él el matrimonio no le importaba, pero ser papá era su objetivo de existir. De hecho, cuando se divorciaron, Sarah se enteró de que él tuvo 3 hijos con diferentes mujeres durante su matrimonio. Antón era muy trabajador y exitoso en el mundo laboral. Viajaba mucho, y Sarah siempre quería creerle todas las mentiras. Ya saben, típico de codependiente.

Sarah y él no pudieron tener hijos. Cuando Sarah descubrió la última infidelidad, la que rebasó la copa, llamó a sus hermanos y entre todos sacaron las cosas de Antón a la calle. Sarah decidió que no se iría de la casa que con tanto amor habían construido juntos, así que, en medio de su dolor, sacó fuerzas para echarlo y no dejarlo volver más, ni a su corazón ni a su casa. Un amigo cristiano de la infancia le recomendó la sanidad que tanto les he comentado y así fue como empezó a entender su propia realidad.

Pero lo importante de la historia de Sarah es que, aunque conocer la verdad nos hace libres, el querer imponerla como método de extorsión masiva a los demás de forma impositiva, sólo con el fin de convencer al otro de que piense o haga como uno considera que debe ser, jamás producirá buen fruto. La verdad es buena, pero es importante considerar por qué se le está queriendo decir al otro. No nos sirve de NADA el querer andar por la vida escupiendo la verdad, si ningún corazón está preparado para escucharla. Y nadie ejerce verdadera influencia en el otro por acción directa, no de manera que trascienda. Ni Dios nos obliga a nosotros a actuar de una u otra manera. A todos nos inspira, nos aconseja, pero no nos impone. Lo más que podemos hacer por los que genuinamente amamos y por los que deseamos que sean mejores, es interceder por ellos y actuar de forma congruente para que puedan considerar seguir al Jesús que seguimos. Y eso ya es bastante. Vivir una vida congruente es astrofísica en el mundo de la posverdad…sólo el Espíritu de Dios nos puede llevar a hacerlo.

Cuando Antón le dijo a Sarah que ella idolatraba el matrimonio, era porque él no se quería casar con ella. Él quería convencerla de seguir siendo novios de forma indefinida, de ser pareja sin mayor título, porque amaba la posibilidad de continuar en su soltería y era adicto a tener velitas encendidas. Sarah después terminó enterándose que desde el noviazgo salió con amigas del bachillerato, que tuvo muchas novias mientras la presentaba a ella con la familia como “la oficial”. Sarah no sabía evidentemente esta realidad. Ella era la catedral, pero ese hombre pequeño tenía capillitas en cada esquina. Se burlaba de ella, aunque le decía que con ella, cuando le dedicó la canción de Cristian Castro…

Entonces, la verdad no podía entrar en el corazón herido de Sarah porque salió de Antón, una cisterna rota. Pero era verdad.

Sarah aprendió a perdonar a sus abuelitas por haberle metido esa idea de que la identidad de las mujeres era el matrimonio y la maternidad. No, la identidad de todos los hijos de Eva está en Cristo Jesús. Ninguna persona debe sostenerse sobre algo que puede perecer, porque entonces, cuando las cosas se acaban o no se dan como uno esperaba, o cuando las personas se van, o cuando los destinos se separan, se perdería la esencia de uno.

Nuestra identidad necesita afianzarse en lo que no se mueve, y sólo Jesús ofrece esa posibilidad. Ni lo que hacemos, ni nuestro trabajo, ni donde vivimos, ni nuestra familia, ni nuestros amigos pueden ser nuestra identidad, porque todo puede pasar. Y si tenemos un sustento que se va, que puede desaparecer, perdemos el sentido de vivir. Nos quedamos sin piso. Creo que eso es uno de los principales motivos de depresión, ansiedad y desesperanza que hay en el mundo moderno. La mayoría pone sus expectativas en los demás, en sus reacciones, en sus cambios, o en su presencia. Y cuando se van, o cuando se pierden las cosas, se va la identidad.

Sólo Jesús puede definirnos de manera inamovible. Sólo Él es la fuente de agua viva en un mundo lleno de cisternas rotas.

La verdad la puede decir un mentiroso. Todos hemos dicho verdades por motivaciones equivocadas, en momentos egoístas y con fines narcisistas. Todos. Y por eso también uno se puede arrepentir y recibir perdón de Dios. Para también a la larga perdonar a los que le han mentido.

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