Hace muchos años, Antón le dijo a Sarah que ella era una adicta a la idea del matrimonio. Que ella “idolatraba al matrimonio”, más que quererlo a él. Y como tantas mentiras que escuchamos y hacen eco en nuestros corazones, algo de verdad tenía.
Antón
estaba imposibilitado a reconocer, al momento de su infidelidad y de la campaña
de desprestigio que emprendió en contra de Sarah, que ella sí lo quería. No de
una manera que él pudiera entender, pero sí lo hacía. Lo amaba más de lo que
ella se amaba así misma, como tantas codependientes de las historias que he
escrito aquí. Claro, Sarah no se amaba mucho a sí misma, entonces quizás es
verdad, no lo quería mucho. Pero dentro de su universo, Antón era el Sol y ella
era la Tierra, girando en torno a él en cada emprendimiento, cada idea, cada
problema. Ella, aunque se identificó en algún momento de su adolescencia como
cristiana, llevaba muchos años sin caminar con Jesús. Entonces, cuando algo le
pasaba, se preguntaba ¿qué haría Antón? Sus amigas se burlaban de ella por lo
mucho que cada una de sus decisiones descansaban en el visto bueno final de su
propio hombre pequeño.
Hablemos de
las verdades de mentirosos.
El enemigo
de todos los hombres usa muchas estrategias que pasan desapercibidas por lo
internalizadas que las tenemos. Están en nuestro ADN prácticamente. Entraron a
nuestra mente cuando el pecado entró en nuestras vidas. Por eso nos cuesta
tanto ver. Por eso estamos tan ciegos. Todos.
Además de
la estrategia que usa el diablo que les comenté en entradas pasadas de “asumir”
la responsabilidad de lo que pensamos o creemos para mantenernos ligados a
creencias autodestructivas (solemos culpar mucho al enemigo por cosas que
nosotros necesitamos resolver en nuestra alma, y a él le encanta eso),
otra de sus estrategias es el decir la verdad, fuera de tiempo, y a través de
un corazón muy herido. Cuando alguien a quien amamos nos dice la verdad por
fines egoístas y desde un mal lugar, nos es imposible reconocerla. Pero la
verdad es cierta, aunque la diga un mentiroso.
Antón le
dijo algo que en sus grupos de apoyo de Canaán Sarah descubriría, muchos años
después. Pero cundo hablaron al respecto, ella se quedó en el comentario de Antón
de “más que quererlo a él”. Para ella lo más importante era que Antón supiera
que, de todo lo que ella pensaba que tenía, nada le había negado y lo quería
como a un dios. Entonces lo de “idolatrar al matrimonio” sólo le generó enojo y
frustración. No lo pudo razonar. No pudo escucharlo, por más que sí fuera
verdad. Durante años ella vivió en negación completa de esa verdad evidente.
Sarah
idolatraba el matrimonio. Para ella, la máxime de toda mujer era ser esposa y
madre. Y fuera de eso, la vida no tenía sentido. Ella era muy chapada a la
antigua. Sus abuelas le habían dicho toda su vida, hasta su adultez, que, para
una mujer, el ser esposa y mamá era el centro de la identidad. Y ella no pudo
concebir la vida de otra forma. Así que sí, para ella, el dios del matrimonio
merecía todos sus sacrificios, todo su tiempo, todo su esfuerzo. Cuando estuvo
con Antón, a pesar de lo amargado, mentiroso e infiel que le daba la sensación de
que era en el noviazgo, decidió casarse porque consideró que tanto el dios de
su vida presente, Antón, como el dios que sus abuelas le enseñaron a adorar, el
matrimonio, podrían perfectamente vivir juntos.
Nada más
falso.
Esos dos
dioses le drenaron la vida. Ella perdió varios bebés durante los dos primeros
años de su matrimonio, y lo cargó en silencio. Fue una experiencia muy dolorosa,
pero pensaba que, si Antón se enteraba de ello, la dejaría, porque uno de los también
dioses de este hombre pequeño era ser papá. A él el matrimonio no le importaba,
pero ser papá era su objetivo de existir. De hecho, cuando se divorciaron,
Sarah se enteró de que él tuvo 3 hijos con diferentes mujeres durante su
matrimonio. Antón era muy trabajador y exitoso en el mundo laboral. Viajaba
mucho, y Sarah siempre quería creerle todas las mentiras. Ya saben, típico de codependiente.
Sarah y él
no pudieron tener hijos. Cuando Sarah descubrió la última infidelidad, la que
rebasó la copa, llamó a sus hermanos y entre todos sacaron las cosas de Antón a
la calle. Sarah decidió que no se iría de la casa que con tanto amor habían construido
juntos, así que, en medio de su dolor, sacó fuerzas para echarlo y no dejarlo
volver más, ni a su corazón ni a su casa. Un amigo cristiano de la infancia le recomendó
la sanidad que tanto les he comentado y así fue como empezó a entender su
propia realidad.
Pero lo
importante de la historia de Sarah es que, aunque conocer la verdad nos hace
libres, el querer imponerla como método de extorsión masiva a los demás de forma
impositiva, sólo con el fin de convencer al otro de que piense o haga como uno
considera que debe ser, jamás producirá buen fruto. La verdad es buena, pero es
importante considerar por qué se le está queriendo decir al otro. No nos sirve
de NADA el querer andar por la vida escupiendo la verdad, si ningún corazón
está preparado para escucharla. Y nadie ejerce verdadera influencia en el otro
por acción directa, no de manera que trascienda. Ni Dios nos obliga a nosotros
a actuar de una u otra manera. A todos nos inspira, nos aconseja, pero no nos
impone. Lo más que podemos hacer por los que genuinamente amamos y por los que
deseamos que sean mejores, es interceder por ellos y actuar de forma congruente
para que puedan considerar seguir al Jesús que seguimos. Y eso ya es bastante. Vivir
una vida congruente es astrofísica en el mundo de la posverdad…sólo el Espíritu
de Dios nos puede llevar a hacerlo.
Cuando
Antón le dijo a Sarah que ella idolatraba el matrimonio, era porque él no se
quería casar con ella. Él quería convencerla de seguir siendo novios de forma
indefinida, de ser pareja sin mayor título, porque amaba la posibilidad de continuar
en su soltería y era adicto a tener velitas encendidas. Sarah después terminó
enterándose que desde el noviazgo salió con amigas del bachillerato, que tuvo
muchas novias mientras la presentaba a ella con la familia como “la oficial”. Sarah
no sabía evidentemente esta realidad. Ella era la catedral, pero ese hombre
pequeño tenía capillitas en cada esquina. Se burlaba de ella, aunque le decía que
con ella, cuando le dedicó la canción de Cristian Castro…
Entonces,
la verdad no podía entrar en el corazón herido de Sarah porque salió de Antón,
una cisterna rota. Pero era verdad.
Sarah
aprendió a perdonar a sus abuelitas por haberle metido esa idea de que la
identidad de las mujeres era el matrimonio y la maternidad. No, la identidad de
todos los hijos de Eva está en Cristo Jesús. Ninguna persona debe sostenerse
sobre algo que puede perecer, porque entonces, cuando las cosas se acaban o no
se dan como uno esperaba, o cuando las personas se van, o cuando los destinos
se separan, se perdería la esencia de uno.
Nuestra
identidad necesita afianzarse en lo que no se mueve, y sólo Jesús ofrece esa
posibilidad. Ni lo que hacemos, ni nuestro trabajo, ni donde vivimos, ni
nuestra familia, ni nuestros amigos pueden ser nuestra identidad, porque todo
puede pasar. Y si tenemos un sustento que se va, que puede desaparecer,
perdemos el sentido de vivir. Nos quedamos sin piso. Creo que eso es uno de los
principales motivos de depresión, ansiedad y desesperanza que hay en el mundo moderno.
La mayoría pone sus expectativas en los demás, en sus reacciones, en sus
cambios, o en su presencia. Y cuando se van, o cuando se pierden las cosas, se
va la identidad.
Sólo Jesús
puede definirnos de manera inamovible. Sólo Él es la fuente de agua viva en un
mundo lleno de cisternas rotas.
La verdad la
puede decir un mentiroso. Todos hemos dicho verdades por motivaciones
equivocadas, en momentos egoístas y con fines narcisistas. Todos. Y por eso
también uno se puede arrepentir y recibir perdón de Dios. Para también a la
larga perdonar a los que le han mentido.
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