Una enorme disculpa para aquel que
todavía lee esto. Por temas de salud, personales, así como por el temor a
sentarme frente al computador y no saber qué escribir, me ausenté durante
varias semanas de este espacio.
Me pidieron hacer una reflexión
para el grupo de mujeres de mi iglesia y di con estos pasajes, que
sobrenaturalmente por favor de Dios, aunque parezca difícil, voy a unir. Ay sí,
cálmenme.
Los pasajes que les invito a leer
en sus biblias o a googlear, lo que les resulte conveniente son: Lucas 18:1-7,
Deuteronomio 9:4-5 y Génesis 15:16, para cerrar con 2 Pedro 3:9.
La cosa va así. En Lucas, Jesús nos
dice lo importante que es orar y no desmayar. Nos habla de la historia de una
mujer que le neceaba duro a un juez que no tenía temor de nadie. La insistencia
fue tanta con ese juez, que finalmente juzgó en favor de ella y en contra de su
adversario. Ese fragmento cierra con la conclusión de, si un juez sin temor de
nada ni nadie responde una petición insistente por quitarse una molestia de encima,
cuánto más Dios no va a responder nuestras oraciones, siendo Él bueno, cuando
persistimos en ellas.
En Deuteronomio nos encontramos con
un recordatorio de Dios para su pueblo antes de ingresar a la tierra prometida,
o en ese proceso de ingreso. Dios les dice “no se crean los chidos, los más chéveres,
no piensen que por sus obras ustedes son respaldados por Dios. Para nada. Yo
necesitaba que la injusticia de los pueblos que ocupan la tierra que les voy a
dar llegara a tope. Por sus injusticias y falta de arrepentimiento les doy la
tierra, no por las bondades y justicias de ustedes pueblo de Israel”.
Génesis 15:16 es la promesa de este
evento a Abraham. Dios le dijo a su amigo que su descendencia sería esclavizada
y después traída de regreso a la tierra en la que estaba Abraham en ese
momento. Pero no podría regresar antes pues “no ha llegado a su colmo la maldad
del amorreo”.
No sé bien cuánto tiempo hay entre
esta promesa de Génesis 15 hasta la conquista de la tierra prometida, pero pues
a ojo de buen cubero yo le estimo 550 o 600 años. YO le estimo, no investigué,
porque no es lo más importante para el punto que quiero hacer.
¿Qué tiene que ver Lucas 18:1 con
Deuteronomio 9:4-5 y Génesis 15:16?
Jesús nos dice que es importante
orar sin desmayar. Creo que uno de los motivos por los cuales dejamos de orar y
desmayamos es porque no tenemos toda la información, y la que nos inventamos
está bastante tergiversada por nuestras maneras enfermas de ver las cosas. Por
ejemplo, una persona que lucha mucho con pensamientos negativos (me ha pasado, eso
dicen los que me quieren), tiene su mente enferma para estos fines. Entonces si
Dios me dice que ore sin cesar, y desde mi mente enferma, comienzo a orar pero
no veo respuesta, inmediatamente me imagino lo peor y, cuando no recibo la
respuesta como quiero, me enojo y dejo de hacerlo.
Desde que leí Deuteronomio con los
ojos que les voy a prestar, ha cambiado muchísimo mi manera de ver la oración.
Yo no oro para que Dios me de lo
que quiero. Expongo mis peticiones y si, de pura chiripa se alínean con Dios, o
si a consecuencia del trabajo que siento que el Espíritu Santo está haciendo en
mí, también se alínean con Dios, y recibo lo que pedí, me siento muy contenta.
Pero si no, también. Porque estoy convencida que Dios sabe mucho mejor que yo y
más que yo todo lo que rodea la petición que estoy levantando confiadamente
delante del trono de Su Gracia.
El pueblo de Israel NO conquistó la
tierra prometida porque era bueno, o porque sus oraciones exclusivamente
funcionaron. Un clamor le recordó a Dios el pacto que había hecho con Abraham (Éxodo
2:23-25), pero el juicio de Dios contra los Caldeos o Amorreos también tuvo un
lugar muy importante en el cumplimiento de esta promesa. Era importante que la
maldad de los amorreos colmara la paciencia de Dios, por lo perversos que eran
(investiguen las prácticas de esos pueblos, para saber qué colmó la paciencia
de Dios), para que el pueblo de Israel funcionara como camino de juicio en
contra de ellos.
La mano de Dios usó el guante del
pueblo de Israel para traer juicio sobre los amorreos, que NO se querían, ni
pudieron arrepentirse, por sus maldades en contra de Su Creador. Pero esa mano
puede usar muchos otros guantes, por ejemplo, en el exilio con el que acaba el
Antiguo Testamento, se puso el guante de babilonia para traer juicio al pueblo
de Israel.
El punto aquí es Dios desde SIEMPRE
ha querido que el hombre se arrepienta de sus maldades y se acerque a Él. Sean judíos,
amorreos, filisteos, gentiles. Colombianos, mexicanos, hondureños, españoles. Y,
como dice el último versículo que puse de Pedro, Dios no se tarda en cumplir
sus promesas, sino que desea esperar lo que más se pueda hasta que TODOS nos
arrepintamos.
Cuando nos empeñamos en hacer
perversidades, viene juicio, sí o sí. De hecho, Deuteronomio 27 y 28 no habla
de los beneficios de hacer lo que Dios nos instruye a hacer para gobernar con
sabiduría su creación, así como las maldiciones de no hacerlo. Las maldiciones
son juicios.
El Apocalipsis nos explica la
máxima expresión del juicio (registrado) en contra de nuestra maldad,
desobediencia y necedad. En contra de nuestra obstinación de querer vivir lejos
de Dios en el mundo que Él creo para Su Gloria. Es tontísima esa idea. Pero así
somos todos en algún punto de nuestra existencia, seguros de que podemos vivir nuestras
vidas sin la instrucción fundamental de Dios para hacerlo.
Volviendo al tema inicial. Mientras
los israelitas clamaban por libertad en Egipto, los amorreos daban su estocada
final para recibir juicio de Dios sobre sus vidas. Ambas cosas sucedieron al
mismo tiempo.
Mientras tu oras porque tu hijo sea
sano, salvo, o tu negocio se levante, mientras oras por ese trabajo que nada
más no sale, o por ese matrimonio que está en riesgo, por esa enfermedad que no
desiste, o por lo que sea que te haya acercado a Dios, por favor NO olvides que
hay otras muchas historias tejiéndose para que veas materializada esa petición.
Quizás algo que a penas tú estas comenzando a orar, como cuando los hebreos
iniciaron su clamor en Egipto, lleva siglos gestándose, como la promesa que
Dios le dio a Abraham en la tierra prometida. Quizás alguien necesita recibir
un trato de Dios para que te llegue ese trabajo o esa bendición financiera, no
sabemos. Y esa respuesta puede venir en esta vida o en la venidera, pero eso es harina de otro costal.
Por eso es tan importante pedirle
al Señor que sea Su voluntad. Porque el único que conoce esas promesas de
siglos y esos pactos de antaño, el único que sabe cómo se van a dar esos
juicios, en qué momento lo harán, es Él. Oremos pidiéndole que Él alinee
nuestros anhelos y deseos con los SUYOS. ¡Él no se tarda!