Creo firmemente que todos seremos, en alguna medida, y en algún grado de consciencia, villanos en las narrativas de otras personas. Esta idea peligrosa de “el otro es el villano” tiene el riesgo de hacerlo a uno “la víctima”, lo que es muy destructivo para uno mismo.
El entender
el tema de la codependencia como algo que es tan pecado como la adicción, me ha
ayudado a ver que no soy ni víctima ni villana, sino que bastante humana y con
alto potencial de autodestrucción, así como de auto edificación. Cuando hay un
conflicto entre dos partes, cada una narrará las cosas desde su perspectiva. La
única versión completa la tiene nuestro Papá, y creo que sí puede sernos
revelada si tenemos la fortaleza interna para reconocer esas verdades que tanto
nos incomodan.
Por
ejemplo, en la mayoría de las historias que he contado, cada una de las
personas que fueron agraviadas por el pecado de la infidelidad, muy fácilmente
se hubieran podido quedar con el INRI de víctima. Y, así como con el tema del “no
perdonar”, lo único que esto hubiera hecho es impedirles sanar y avanzar con su
vida.
Cuando
estamos sujetos a narrativas externas para ser validados internamente, somos
víctimas y perdemos todo el control de nuestra vida. Esto pasa mucho más a
menudo de lo que nos sentamos a considerar. Millones de personas todos los días
le regresan el espíritu a Dios creyendo que fueron víctimas, sin poder
reconocer el rol protagónico que Él les dio en esta vida, y las buenas obras en
las que Él quería que caminaran. Porque la narrativa de víctima es
extremadamente cómoda y muy fácil de comprar.
Uno de los
grandes villanos de la historia cristiana, y que sí lo es, pero no como lo
hemos institucionalizado, es el diablo. Satanás, el adversario, o el enemigo ha
sido responsabilizado por infinidad de decisiones, heridas, carencias y
respuestas en las que él no ha jugado un rol activo. Yo estoy segura de que el
enemigo tienta, todos los días, a todos, de muchas formas. Pero tentar y hacer
son cosas diferentes. Influenciar y obligar son acciones distintas.
Yo he
pensado que al enemigo le encantará que lo culpemos de las consecuencias de nuestras
propias acciones, porque así nos imposibilita reconocer nuestra parte dentro
del caos, éxito o mezcla de ambos en lo que se ha convertido nuestra vida. Nos
impide madurar y sanar.
El libre
albedrío es un súper poder que todos los seres humanos tenemos pero que menospreciamos
por completo, casi tanto como a nuestra alma. Y ambos están tan profundamente
relacionados. En nuestra alma, donde están nuestros sentimientos y nuestras
decisiones, por la que el Reino de los Cielos combate con el reino de las
tinieblas, está la capacidad de escoger la muerte o la vida. Y esta capacidad
la podemos ejercer todos los días. Y hay fuerzas que la quieren influenciar
hacia uno u otro lado. Pero la decisión SIEMPRE es nuestra.
Un codependiente
es responsable de haber puesto expectativas que sólo Dios podía satisfacer en
un hombre. Un codependiente es responsable de esperar que un ser humano pudiera
satisfacer el hambre permanente de aceptación, reconocimiento, validación que
su alma insaciable tiene. Un codependiente es responsable de haberse inventado
cuanta artimaña fuera posible para mantener la fachada de tener una vida
perfecta, de haber arrojado todos los colchones, poner todas las tazas, para
evitar que la verdad del adicto saliera a la luz. Y no lo hacía por amor, no exclusivamente,
al adicto sino también a sí mismo, porque para un codependiente, el adicto es
una extensión de sí. Entonces impedirle caerse, es impedirse a sí mismo caer.
Un codependiente es orgulloso. Un codependiente no es víctima.
Un adicto
es responsable del daño que ha hecho con sus vicios. De las mentiras, los
engaños y las máscaras con las que ha caminado para ocultarlos. Un adicto es
responsable de cada estrategia que usa para cubrir su vicio, y todas las
consecuencias que eso trae a su familia. Un adicto es responsable de creer que
algo externo le va a llenar el alma, va a resolver la herida, va a quitar el
dolor que produjo el abuso, la pérdida, la injusticia que enfrentó hace mucho
tiempo. No hay vicio que pueda llenar el hueco de Dios. Un adicto es muy
egoísta. Un adicto no es villano.
No voy a menospreciar el dolor que experimentamos cuando somos codependientes. No voy a decir que nos merecemos todo lo que nos pasa o que hemos hecho una u otra cosa para recibir ciertas pruebas en la vida. No haré pequeño el dolor de la infidelidad y del corazón roto. Pero si nos quedamos en la afrenta, en la injusticia, en el dolor y el resentimiento, estaremos condenados a no avanzar, al estancamiento, al dolor. Cualquier persona que ha experimentado violencia o injusticias profundas, puede llegar a convertir su dolor en una canción que inspire a muchos, en un trabajo que mueva a millones. Ese dolor va a encontrar propósito si nos disponemos a liberarlo y dejarlo ser. A vivirlo y a soltarlo, si buscamos refugio en lo que Dios nos ha dado, en Su amor. Quizás el camino no parece sensible, a nuestros ojos mortales, pero si el fin es eterno, lo vale. El dolor ya está, ¿qué hacemos con él, amados codependientes?
Ambos son
pecadores, ambos son responsables y para ambos hay esperanza de vida, cuando
hay reconocimiento de las faltas, cuando hay perdón y cuando se sueltan las
deudas pendientes. Yo no soy villana ni víctima.
Sólo Jesús
sana, sólo el perdón libera, sólo el asumir las responsabilidades propias puede
hacer la diferencia. Nada más. Pero en esta vida no somos víctimas ni villanos.
Somos responsables.
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