En todas
las historias que he escuchado de procesos, de crisis, de sanidad y de avance,
he aprendido a reconocer el patrón adicto- codependiente. Desde que me lo
enseñaron, me es imposible dejar de reconocerlo. A mí me gusta entender las
cosas, no sólo hacerlas funcionar. Se tendrán opiniones variadas de mi
efectividad para hacer las cosas, pero no de cómo entenderlas. Jijiji.
El punto es
que cuando reconocí mi problema de codependencia, vi que era mucho más común de
lo que esperaba. Prácticamente todos desarrollamos cierto nivel de codependencia
como mecanismo de defensa cuando anhelamos tener el control de lo ingobernable
a nuestro alrededor. Hace poco escuchaba en un podcast que el tema no es lo que
te sucede, sino el circuito que tu cerebro desarrolló, basado en diversas
experiencias en tu infancia, para asimilarlo. Pasar por alto la ofensa, algo
que es un concepto casi alienígena en nuestro entorno, en nuestro contexto, lo
es porque todos hemos estado acostumbrados a recibir heridas y demandar
justicia, desde pequeños. Hay dimensiones de heridas, hay dimensiones de abuso,
pero al final, la ausencia de un amor incondicional, sin “peros”, ha sido el
leitmotiv de todos nosotros, con muy contadas excepciones. Creo que no conozco
personalmente a alguien que desde siempre haya recibido amor pleno e
incondicional. Conozco personas restauradas, pero no a personas que hayan
crecido con amor sin condiciones. No aún.
Si nuestro
corazón fuera sano, pasar por alto la ofensa no sonaría como una locura, sino
como lo más natural. Porque cuando uno está sano, uno asume que a la otra
persona no le provocaba necesariamente lastimarlo, o que, si sí le provocaba,
pues habla más de esa persona que de uno mismo. Y no a modo de juicio, a modo
de reconocimiento de carencias del corazón humano. Yo no estoy ahí, pero pues
es mi meta de la vida, como decía una amiga muy querida, “Señor, hazme
inofendible”.
No porque
los papás no quieran amar a sus hijos de esa forma incondicional, sino porque
no pueden. Porque ellos mismos vienen de una cadena generacional de amor
incompleto que los habilitó para dar, a lo más, una versión diferente y en algo
mejorada del amor que recibieron, pero nunca incondicional.
El amor
condicionado necesariamente produce roturas en el alma. Y esas roturas siempre
nos llevan a desear tener el control, para evitar, al precio que sea necesario,
volver a ser heridos. Todo esto pasa cuando somos pequeños, y dependiendo del
nivel de heridas y abusos a los que hayamos estado expuestos, desarrollaremos
estrategias alternativas para anestesiar el dolor. Para evitarlo. De ahí nace
la codependencia- o el síndrome del salvador, y la adicción. Estamos condenados
a repetir estos patrones a menos que aprendamos a recibir el amor incondicional
de Dios, a través de Jesús. Ese amor es el único que nos permite abrazar y
enfrentarnos con el dolor, con la herida primaria, y nos da la libertad de perdonar.
Sin que nos pidan perdón, mientras hablan mal de nosotros y nos desean el mal
aún. O sin que nos puedan pedir perdón porque se fueron de este mundo, por ejemplo.
La escena
que estoy compartiendo en el video es sobre la película “La Cabaña” creo que es
de las que mejor conceptualizan este pensamiento. Ya la había compartido creo
en este blog, pero me parece buenísima, así que quizás luego lo volveré a
hacer.
Todas mis
amigas codependientes, las de las historias que he contado, y yo hemos pecado gravemente
al considerar que “somos mejores” porque “no engañamos” o “no vivimos diciendo
mentiras”, como muchos adictos hacen.
Hay un
chiste que mi papá siempre cuenta que me parece ejemplar de la dinámica “adicto-codependiente”.
Cuenta que había un instituto psiquiátrico en el que todos los días a la misma
hora un loquito encontraba la manera de escaparse y tirarse de un piso medio alto.
Gritaba “café café café” y se lanzaba por la ventana. Como los enfermeros ya
sabían qué iba a pasar, entonces se coordinaban para ir por una sábana y la estiraban
para evitar que se cayera directo contra el piso. Un día, hartos de la
dinámica, recibieron la instrucción del director de ya no estirar la sábana, a
ver qué pasaba. El loco iba a emprender su salto alto y se asomó…al ver que no
estaban para salvarlo, dijo “sin taza, no hay café”. Sería loco, pero no
estúpido…hahaha.
Lo cierto
es que, sin codependiente, el adicto puede sanar. Sin taza, no hay café.
La codependencia
es muy difícil de identificar como pecaminosa, como dañina, porque es
extremadamente útil. La codependencia hace que las cuentas sean siempre pagadas
en la casa del ludópata. La codependencia hace que el hombre infiel pueda
desarrollar familias paralelas mientras la esposa calla y pretende que todo
está bien. La codependencia impide que las cosas se revienten, y favorece al
florecimiento de todas las conductas destructivas del adicto. Porque la
codependencia va a evitar que él reciba el daño por su propia maldad. Y a
consecuencia, decida ir con Jesús a resolver sus heridas.
El
codependiente se cree “dios”. Está convencido que, estirando sábanas, tirando
colchones, tapando actitudes, va a “salvar” al adicto. Nada más falso.
Es un
pecado grave porque provoca que todo permanezca en tinieblas, sin ser expuesto,
y abordado. Es grave porque evita que Dios intervenga en nuestras vidas para
sanar lo que sólo Él puede sanar: los corazones carentes de amor incondicional.
De esa falta de amor viene todo lo malo en nuestras vidas. De esa desconexión
vienen nuestras sinapsis rotas. Porque no nos reconocemos incondicionalmente
amados, somos esclavos de migajear amor, sea en un adicto, en el caso del
codependiente, o en un vicio, en el caso del adicto.
La codependencia,
como pecado, tiene consecuencias, y esas consecuencias necesitan ser asumidas.
Es por eso por lo que no es injusto que, digamos, si un hombre se endeuda por
jugarse su patrimonio, su esposa, que no jugó un centavo, deba asumir la
responsabilidad del haber perdido la casa también. Esto suena a una locura, pero, si
sabemos que todo pecado trae consecuencia, las consecuencias de la
codependencia son las de la carencia de límites, las del encubrimiento del
daño, las del enmascaramiento crónico de las deficiencias del adicto. Todo lo
que uno le tapa a otro, por ser idólatra a él y por creer que tiene el poder de
“dios” para salvarlo, tiene consecuencias, que necesitan ser asumidas. El
codependiente está muy ciego, pero cuando empieza a ver, ya no puede dejar de
hacerlo. Por eso la esperanza de un adicto es la sanidad de su codependiente o
sus codependientes principales. Mientras el adicto, narcisista, infiel,
ludópata, mitómano, cleptómano, drogadicto, alcohólico, continúe teniendo
codependientes que le tapan todo, que lo guardan como si fuera una extensión de
sí mismos, poca esperanza de cambio va a tener.
Pero Hay
Esperanza. Les prometo que Canaán no me paga para hacerle promoción, sólo me
siento como esas señoras que usan por primera vez unas gotas que les destapan
los oídos, y se las recomiendan a todos los que saben que están medio sordos.
Me hizo tanto clic, tanto sentido, el poder reconocer que yo quería tener el
control de todo lo que pasaba en mi vida, y que por eso vivía esclava de la
ansiedad, la tristeza sin propósito y la frustración perpetua. Me hizo sentido
el ver cómo tenía un corazón idólatra porque no sabía que Dios verdaderamente
me amaba incondicionalmente y me lo ha expresado desde siempre por medio de la
muerte y resurrección de Jesús, de esa sangre que limpia todo, cubre todo, suple
todo. Si yo tengo esperanza, todos la tenemos. Esta excontroladora, exmigajera,
exenojona, exreligiosa, tiene esperanza…seguro tú también. No me avergüenzo del
Evangelio, de esta buena noticia que es poder ser sanos en esta vida (no
teniendo que esperar a la venidera) para prosperar y sonreír sin culpa. Para
tener paz mientras se cae el mundo. Las buenas noticias de Jesús nos dan
libertad.
He
entendido que yo siempre voy a adorar, y que mi Papá respeta profundamente al
objeto de mi adoración, sin embargo, desea ser Él ese afecto principal mío. He
entendido el superpoder del libre albedrío, y cómo el enemigo, nuestras
heridas, nuestro corazón roto, lo terminan cautivando a idolatrías que jamás
van a saciar nuestra sed.
Claramente
no soy un dechado de virtudes ni me muevo sobre nubes sin tocar el piso porque “soy
mejor”. En lo absoluto. Totalmente sé que estoy transitando un proceso, quizás
muchos. Pero ya puedo entender que mi identidad no es el proceso que vivo, así
me tomara toda la vida, ni las cosas malas que hago en un punto finito de mi
vida, sino que es Jesús. Y si sobre esa identidad estoy anclada, ya la armé,
como se dice aquí en México. Entonces si me enojo, eso no define quien soy. Si tengo
deseos de controlar algo, eso tampoco es mi identidad. Reconozco lo que siento y
pienso, sin convertirlo en el centro de mi existencia. Yo no soy lo que pienso.
Yo no soy lo que creo o lo que siento. Yo soy lo que Dios dice que soy. Yo soy
la razón por la cuál Jesús murió y resucitó, como lo somos TODOS. Yo soy hija
del Dios creador de todas las cosas, y Sus palabras, esas que cuánticamente
construyeron todo cuanto existen, sostienen el aliento que me mantiene viva.
“En el principio la Palabra ya existía.
La Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios.
El que es la Palabra existía en el principio
con Dios.
Dios creó todas las cosas por medio de él,
y nada fue creado sin él.
La Palabra le dio vida a todo lo creado,
y su vida trajo luz a todos.
La luz brilla en la oscuridad,
y la oscuridad jamás podrá apagarla.
Dios envió a un hombre llamado Juan el Bautista
para que contara acerca de la luz, a fin de que todos creyeran por su
testimonio. Juan no era la luz; era solo un testigo para hablar de la luz. Aquel
que es la luz verdadera, quien da luz a todos, venía al mundo.
Vino al mismo mundo que él había creado, pero
el mundo no lo reconoció. Vino a los de su propio pueblo, y hasta ellos lo
rechazaron; pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el
derecho de llegar a ser hijos de Dios. Ellos nacen de nuevo, no mediante un
nacimiento físico como resultado de la pasión o de la iniciativa humana, sino
por medio de un nacimiento que proviene de Dios”.
Juan 1:1-13
Bueno, eso
es todo, gracias por llegar hasta aquí!