Los Benjumea: duelos adicionales al principal



Federico Benjumea era un doctor costeño, barranquillero, de muy buena familia. Él era extremadamente talentoso, tenía memoria prolija y era muy encantador. Le hizo una casa en el aire a mi amiga. Narcisita encubierto, y muy buen conversador. Cuando Isabela lo conoció, y él comenzó a tratarla con abrumadores detalles, extensas conversaciones e invitaciones halagadoras, ella se dejó llenar. Mi amiga Isabela no sabía nada de Jesús para sanar sus heridas, pero era muy empática, romántica y elegante.

La relación de ellos fue como la de la mayoría de las mujeres que estaré narrando en muchas de mis próximas entradas, ya que es con ellas con las que he hablado, como decía la película de Pedro Almodóvar. Ellas me han hablado sus vidas, yo les he vaciado la mía, y de recolecciones que tengo, con nombres que varían, escribiré historias que narran el leitmotiv del corazón vacío y todas las locuras que se nos ocurren para llenarlo; toda la gimnasia y las maromas que damos, buscando saciarnos con otros tan vacíos como nosotros. Buscando llenarnos con lo que sea menos con Dios. Somos seres de barro, obstinados. 

Uno de los “patrimonios” más importantes de Fede era su familia. Era de estas familias costeñas de plata, con dinero de décadas, ganado con arduo esfuerzo y que sí o sí salían adelante. Trabajadores, muy unidos y en todo momento se apoyaban. La familia de mi amiga era más distante, más dispersa y debido a temas sin resolver que ella tenía con su papá, el irse de su casa lo más rápido que se pudiera se convirtió en su objetivo principal.

Esto es importante, porque, aunque Isabela no lo sabía, uno de los factores que más vendía Fede a todas sus parejas era realmente su familia. Y uno de lo que más anhelaba ella comprar, inconscientemente también, era armonía y estabilidad familiar.

La mamá de Fede era una santa. Su papá un amor, y sus 3 hermanas se convirtieron en las hermanas que mi amiga nunca tuvo. Ella tenía 2 hermanos, uno mayor y otro menor. Isabela se enamoró tanto de los Benjumea como de Fede. Lo amó íntegramente, a este otro hombre pequeño.

Sin embargo, todo tiene su final, y la verdad no gastaré palabras en esta ocasión detallando la historia perpetua que repiten los que viven, se casan o aman a narcisistas infieles y carismáticos. Isabela y Fede se casaron. Isabela vivió varias infidelidades por parte de su amado doctor, pero descubrió con certeza 2. Una de ellas, el muy descarado le dijo que quería divorciarse urgentemente de ella porque la otra le daba, emocionalmente, todo lo que ella no le daba.

Un paréntesis, he tenido esta conversación con algunas amigas, a quienes sus esposos les fueron infieles, y en lo que coincidimos es que, si bien la infidelidad física rompe el corazón, la emocional destruye el alma. Porque se pensaría que la física corresponde o es justificada por “la naturaleza primitiva” de los hombres (no es argumento, pero “digamos que sí”). ¿Pero la emocional? A los hombres ni les gusta ser emocionales, ¿cómo podía responder mi amiga Isabela a ese comentario ruin? Cierro paréntesis.

La otra se dio cuando estaban separados, pues él se fue a un congreso de Cardiopatías, a la European Society of Cardiolgy, en Múnich. Eso sí, se podrán decir muchas cosas de Fede, pero definitivamente era extraordinariamente bueno tanto para curar un corazón como para deshacerlo por completo. Fede, como se quedó el mentado Federico en el subconsciente colectivo de nuestras amigas, aprovechó para quedarse un mes en tierras germanas para descansar. No quiso llevar a mi amiga Isabela, pese a que ella le había dicho de mil formas que le encantaría acompañarlo. Usó cuanta excusa pudo. Isabela, como siempre, le creyó.

Para fines prácticos, Fede es otro de tantos que es infiel, lo niega todo y se victimiza. Nada nuevo bajo el sol. Y mi amiga es tan codependiente como hemos sido tantos en la tierra de los vivientes. Hoy justamente recordaba viendo Hay Esperanza que todo adicto es primero codependiente…en fin.

Pero lo que les quiero contar de él es lo que le pasó a mi amiga con la familia Benjumea. El día que Isabela reunió el poquito valor que encontró no sé en dónde para cuestionar a Fede por lo que encontró que le demostró su infidelidad alemana, él no sólo lo aceptó, sino que dijo que ella se lo merecía porque nunca había sido lo que él quería que ella fuera. Le dijo que jamás querría que ella fuera la madre de sus hijos. Que ella no era competente. Que le pedía a la vida que le diera oportunidad sana de cortar y separar sus caminos.

Cada una de estas maldiciones lastimó lo más profundo del corazón de mi amiga. Pero Dios tiene otros planes y esta agonía la acercaría al taller del Maestro, a los pies de Jesús, en donde su alma encontraría sanidad, reposo y restauración. 

En ese camino de sanidad pasaron muchas cosas y la concerniente a la familia fue una de las que más le costó sanar a chabelita. Isabela se marchó de la casa que compartían con 2 maletas. Dejó los 2 gatos que tanto amaba. No se llevó nada más que su dignidad y su ropa, la poca que pudo recoger de ambas.

Ella intentó contactar a los Benjumea. Llegó el cumpleaños de la mamá y le pidió a Nora, la hermana menor de Fede, que si pudiera ir a saludar y compartir tiempo con ellos. Ella le dijo que no, que eso sería indeseable porque seguramente Chabela haría un escándalo y qué vergüenza. Nunca le volvió a hablar, Nora parecía que había decidido odiar a chabela, y chabela decidió resignarse a ese odio infundado. 

Chabela decidió respetar el tono que los Benjumea habían tomado con ella, y pasado un tiempo suficiente, intentó volver a acercarse a ellos para saber cómo estaban. Le preguntó a Fede si podría ir a celebrar el cumpleaños de Estela, su otra hermana. Él le dijo que no, que eso era totalmente indeseable e innecesario, que ella había decidido irse y que toda la familia extendida, con quienes se celebraría a Estela, ya sabía del abandono de hogar, y de lo mala y villana que era Isabela.

Mi amiga chabela lloraba conmigo mientras me contaba esto. Ella no había cuantificado la pérdida que representaba toda su familia política, quienes se convirtieron en su familia, a secas.

Cuando a Fede le preguntaron “¿qué pasó con Chabela?” él muy rápido respondía “me abandonó”.  Le encantaba tirarla debajo del bus, como se dice en inglés, a la menor provocación. Todo menos reconocer su parte dentro del derrumbe de su matrimonio.

¿Me abandonó? pero... ¿Y las infidelidades? ¿Y las humillaciones? ¿Y los desprecios? Y las continuas conversaciones que concluían en “tú estás mal y tienes que cambiar, Isabela”, cuando ella intentaba pedir algo de consideración sobre una situación que le parecía incorrecta, o cuando tenía la desfachatez de dar un consejo a su esposo, al ver un peligro inminente. Todos los problemas se resumían en “tú estás mal, y necesitas cambiar”. “Te crees mejor que yo, por eso dices esas cosas”. Isabela escuchó como en disco rayado la frase que ninguna mujer debería oír ni una sola vez “estoy resignado a estar contigo, ya renuncié a la felicidad. No me haces ni me harás feliz”.

Isabela hizo muchas cosas mal, ella lo pudo reconocer con el tiempo, aún, erróneamente, intentó explicarle a su verdugo que ella estaba mejorando su manera de hablar, que estaba aprendiendo cómo limpiar mejor sus batas, para que no gastaran de más en lavandería. Ella habló muchas veces con Dios reconociéndo todo lo que idolatraba a Fede. Le puso un peso en los hombros que ningún hombre podría llevar, cuánto menos un narcisista.

Buscó la manera de conservar su paz, teniendo un sueño sensible, y durmiendo con Fede, un roncador olímpico. No lo culpó, se las arregló para descansar mejor y evitar tantas peleas significativas, que no debieron serlo. Ella intentaba apaciguar un volcán con una botella de agua de 1 litro.

Lo que Isabela no sabía es que Fede nunca iba a aceptarla, porque para el narcisista nunca será suficiente lo que se haga. Ellos en verdad no tienen llenadera. Ellos no pueden amar, ni a sí mismos ni a otros. Y un adicto a sí mismo muy fácil encuentra eco en una codependiente. Ella lo adoraba y él la despreciaba. Ambos súper mal.

Isabela decidió cargar con el INRI de "abandona hogares" cuando Jesús llegó a su corazón y le dijo que Él había cargado toda la vergüenza, toda la injusticia. Él cargó la cruz en silencio. Y le pidió lo mismo a ella. Isabela quería decirle a los Benjumea que estaba muy agradecida, que los había llegado a amar, que no hubiera querido que las cosas fueran así. Ella quería decirles que no era ni tan mala ni tan buena, que era muy humana y que estaba a penas conociendo a Jesús, pero que, como fuera, siempre tendrían un lugar en su corazón. Que ella quiso llamarlos mil veces o verlos otras más, pero que las condiciones no se lo permitieron. Siendo las principales condiciones el abuso sistémico del que fue víctima por parte de su vástago tan idolatrado, Federico Benjumea. Su nené. 

Quería decirles que, si hubiera podido seguirse relacionando con ellos, sin ver a Federico, lo hubiera tomado. Pero que reconocía que era imposible separar lo junto de lo revuelto.

Hay muchos duelos que se hacen en paralelo y en silencio durante las crisis mayores de la vida, como los divorcios o las muertes. Uno cree que cuando se pierde a alguien, el duelo es exclusivo de la persona que deja de estar, pero hay que llorarle al café que se tomaban juntos en la mañana. Hay que soltar la rutina de ir a trabajar al tiempo o juntos. Hay que dejar ir el dormir acompañado, para comenzar a dormir solo. Hay que soltar a los Benjumea, y llorarlos. Hay que abrazar todos esos dolores, para después soltarlos. Hay que vivirlos y después dejarlos ir. Hay que llorar a la familia que se verá mucho menos a causa de la muerte. Hay que llorar a los sueños que se construyeron no sólo con el que se adelantó, sino con la familia que se tendría si no se hubiese ido.

Y eso es lo bonito, en medio de lo doloroso, de hacer duelos con Jesús. Que siempre estás acompañado mientras lloras cada muerte, cada pérdida, cada familia Benjumea que dejas a un lado. Estas acompañado mientras cuantificas todo lo que perdiste, tangible e intengible. Jamás estás solo. Estás con el Dios que sabe perfectamente cómo se siente la traición más dolorosa. Jesús abrazaba a Isabela mientras ella reconocía ya no tener a la familia que había adoptado en su corazón de lado suyo, sino sentada en la silla de juez sobre ese sufrimiento silencioso que la aquejaba. Fue duro, pero pudo ser mucho peor.

Así que cuando sufras tus pérdidas, llora hasta el cansancio. Y después deja ir. Eso fue lo que aprendió mi amiga Isabela, y ahora es la líder de duelos en su iglesia local. Cuando alguien muere, se divorcia, o un hijo deja el nido, la llaman a ella. Es una gran mujer mi amiga Isabela. 

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