Dice el chisme de la farándula que la salsa “Yo no sé mañana” nació como himno del fin de la relación entre Julieta Venegas y Jorge Villamizar. También de este fin parece que salió la canción que más le gustaba a mi amiga Rosy, que podrías estar escuchando mientras me lees.
La frase“lo
merezco, pero no lo quiero, por eso me voy” hizo mucho eco en su mente mientras
le firmaba el papel que le urgía a Adal quedara listo “en quince días”. Adal, otro
Hombre Pequeño, también hizo sufrir por narcisismo a mi amiga Rosy. Rosy era de
esas cristianas que creía que por ir una vez cada dos semanas a la iglesia ya
conocía a Jesús. Ella me cuenta ahora, habiendo pasado la experiencia que te
contaré, que se identificaba mucho con este meme:
(“ir a la iglesia te hace tan cristiano como estar
en un garaje te convierte en un carro”… en inglés suena mejor jiji)
Ella terminó
como la mayoría de mis amigas, encontrando a Jesús a consecuencia de una
separación muy dolorosa. Es que nada es nuevo debajo del sol, amado lector. Todas
las historias se repiten, y sólo hay matices: oscuros, claros, chiaroscuros,
valles más pronunciados, montes más altos. Nada es nuevo debajo del sol, dice
la Biblia. Es verdad.
El punto es
que Rosy lloraba y lloraba mientras firmaba el divorcio en el juzgado. Verás,
ella era medio ilusa (luego me dijo que ilusa y medio cuando estábamos adelantando
cuaderno en alguna cafetería entre muchas risas y llantos), y tenía este deseo desbocado de
que antes de que terminaran de firmar, Adal le iba a decir que reconocía que
había sido un narcisista manipulador, que la había engañado desde que comenzaron
a estar juntos, que se arrepentía profundamente de haberla lastimado, que ya
era todo un nuevo hombre, regenerado. Que quería estar por siempre a su lado…Ella
pasaría a hacer lo mismo, reconociendo que le puso cargas que no podría jamás
llevar, enlistando lo que había entendido que había hecho mal, y vivirían felices
por siempre…jajaja.
Pero no
amigos, esto es la vida real. Adal se apresuró a repetir el discurso que la
persona que más lo influenciaba, a la que más temía y más amaba, le dijo que
dijera. Hizo todo muy mecánicamente. Una semana antes, Rosy le había firmado
todo sin leer mucho porque estaba abrumada de ver el fin de la relación, por
todas las vacas sagradas que se le seguían muriendo, día tras día. Sabía que
había firmado algo que decía que ella no le iba a reclamar nada, era parte del
papeleo que se necesitaba para concluir ante las autoridades humanas la
relación. Se le hizo un intento de herida innecesario que le volviera a hacer
firmar un recibo confirmando que de verdad no le debía nada. Él a ella jamás le podría pagar los años. Era incuantificable la vida
que le dejó, el tiempo que le dio, y el corazón y alma que le entregó a esa relación…o
eso pensaba ella. Digo “intento de herida” porque a pesar de lo ilusa que era,
Adal no la logró decepcionar. No esperaba menos, aunque anhelaba con todo su
corazón haber visto más. El hombre pequeño cumplió con la expectativa. Su deseo estaba a
años luz de su realidad, pero ella reconocía perfectamente cuál sería la
realidad.
Verás, el
codependiente peca mucho de fantasioso, de tener la mente lejos y el cuerpo presente.
Tiene como esta esperanza disonante de que las cosas van a cambiar por arte de
magia. Y por eso le cuesta tanto trabajo soltar. Es la respuesta traumática, cree
que esta vez, si sostiene con 0.5+ de KG de fuerza, en un ángulo de 35º, y no
de 32º como la vez anterior, o 25º previos, seguro la reacción de su ídolo va a
ser diferente. “Si le digo que esto o que aquello ahora sí va a cambiar, se va
a dar cuenta, va a poder ver”.
El
codependiente está convencido de que el éxito de la relación yace en una receta
mística que aún no ha descubierto, que lleva toda la vida buscando, y que un
día, como José Arcadio Buendía, va a llegar a la alquimia precisa para
conseguir el oro que tanto anhela. Falso.
Por eso la
pura idea de soltar parece casi blasfemia al codependiente, porque significaría
reconocer la verdad, que todos sus amigos, familiares y allegados reconocen, menos
él: nunca va a cambiar a su ídolo, es imposible convencer al adicto de su
urgencia de cambio. Así como nadie pudo convencerlo a él de su adicción al
adicto. Sólo Dios puede tener misericordia, sólo Su Espíritu podría traer
convicción de pecado y arrepentimiento. Al adicto y al codependiente. Nada ni
nadie más.
Rosy no
esperaba nada porque llevaba poco más de un mes de terapia cuando fue al
juzgado, en la cual le permitieron entender que todas sus respuestas
fantasiosas y falsas expectativas eran resultado del abuso narcisista que
sufrió de pequeña a manos de un papá infiel y una mamá codependiente. Ella
estaba con un psicólogo muy bueno que con 7 sesiones la ubicó mucho, y después,
nos pusimos a hablar y yo le comenté del programa que ando promocionando porque
me dan comisión… jajajaja ¡no es cierto! Pero es chistoso porque pareciera.
Ella se
metió también a Hay Esperanza, pero cuando firmó el divorcio apenas estaba trabajando
con el psicólogo. Él le puso todas las piezas del rompecabezas para que Rosy pudiera
entender que lo que en verdad quería era cambiar a su papá, y como él se había
ido hace tanto tiempo de su vida, todo hombre se convertiría en el avatar del progenitor,
que pasaría a ser su proyecto personal de transformación. Y así fue como se
enamoró y casó con Adal, quien se parecía mucho a su
papá. Te digo, nada nuevo bajo el Sol.
En fin,
esta entrada es de cómo no se necesita de la reconciliación para perdonar. A muchos
nos enseñaron que era fundamental pedir perdón expresamente y darlo a viva voz
para considerarlo válido. Es decir, nos dijeron que un perdón depende de que el
que ofende vaya y reconozca ante el agredido la ofensa, muestre frutos de
arrepentimiento, haga actos de penitencia, y entonces, pueda ser perdonado.
Falso.
A muy
grosso modo, el perdón depende de ese regalo de la convicción de pecado que
Dios nos da a todos, cuando podemos disponernos para recibirlo, y del arrepentimiento
que esta convicción de pecado trae a nuestro corazón. No se tiene que “sentir”,
se decide hacer. A la mayoría de los cristianos no les cuesta trabajo
pedirle perdón a Dios. Pero sí que les cuesta recibirlo. Porque no nos
enseñaron que el objetivo de pedir perdón era de hecho recibirlo, ¡pff, qué bobada!
Entonces estamos llenos de iglesias en las que las personas todos los días van
y se arrepienten de exactamente lo mismo, porque no han entendido que, conforme
le piden perdón a Dios, Él ya los está perdonando. Uno es el que necesita
convicción de pecado y arrepentimiento para dejar de hacer estupideces en
contra de sí mismo y de los demás. Dios ya nos dio todo el perdón en Jesús en
la cruz. Uno necesita reconocer que ya es perdonado. UNOOOOO!! Di conmigo “yo”
ahhh jajajaja es broma, pero si quieres, no es broma.
Ya que
hemos sido perdonados, recibimos el superpoder de perdonar. Podemos entregar el
perdón que hemos recibido del Padre de toda buena obra, a los demás. Y ellos no
tienen que saberlo, ni entenderlo, ni escucharlo. Uno no tiene que sentirlo,
pero lo hace porque es lo que sana. Porque el perdón es para uno. Es para soltar
lo que no se puede cambiar, es para avanzar en la vida, es para dejar de cargar
con pesos muertos, es para UNO. Porque habrá gente que ofende sin querer y otra
que se ofende porque la mal ven. Imagínese uno ir a decirle a todos los que uno
considera que lo han ofendido, bajo la circunstancia que sea, que ya los perdonó.
¡Qué tontería! Todos ofendemos mucho, y muchos podemos ser sensibles y sentirnos
ofendidos por poco, por todo…por eso, Jesús dijo en Mateo 18 (énfasis agregado):
“Entonces
se le acercó Pedro y le dijo: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas
veces debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le dijo: «No te digo que
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»”
Entonces,
para perdonar no se necesita la participación del ofensor. Esto también abre la
posibilidad de perdonar a los que ya no están entre nosotros, y nos pudieron
hacer mucho daño. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Porque no creo en que se hable con los muertos, eh! lo dejo claro.
Pero la
reconciliación es diferente. La reconciliación requiere que sí o sí haya un esfuerzo
consciente de ambas partes de reconocer las ofensas dentro de su relación, con
el fin de restaurar la confianza y generar puentes nuevos de comunicación, de amor. Necesita
transparencia, honestidad y vulnerabilidad. Es costosa. Es fundamental que
ambas partes se sepan perdonadas por Dios, puedan perdonarse a sí mismos por
sus faltas en la relación, y procedan a perdonar al otro. Porque es necesario
ver primero la viga en el propio ojo antes de querer sacar la paja en el ojo
ajeno. El objetivo del perdón dentro de una relación que se fracturó, y que
ambas partes desean rescatar, es la restauración. El perdón es fundamental para
la restauración, necesita de dos partes, con viva voz y consciencia,
interesadas en salir adelante. Pero el perdón no requiere de la restauración. No
todas las relaciones se restauran, pero sí todas las personas lo hacen, eso me
lo enseñaron también ya sabes dónde.
Rosy buscó
de todas las maneras que su relación no se perdiera, aún en sus carencias
emocionales, pero Adal estaba muy preocupado en salvar su apariencia, en demostrarle
a sus propios dioses que él no se equivocaba. El precio de nunca equivocarse
era encontrar un chivo expiatorio perpetuo. Y, por los traumas que ya les dije,
mi amiga Rosy fue candidata ideal. Ella quería cambiarlo tratando de salvar su
relación con su ausente papá, y él quería alguien que pudiera cargar con la
multitud de culpas que sentía que tenía, pero no podía reconocerle a sus
dioses. El dios de tener siempre la razón, por encima de toda relación, es uno
difícil de apaciguar. El dios de las apariencias también es uno muy demandante.
El dios del orgullo es Leviatán.
Tanto Rosy
como Adal estaban a un perdón de Dios de restaurarse individualmente, pero como
matrimonio…
Ella ya no
habla casi al respecto. Aprendió en Canaán a no hacer votos, así que no dice “jamás
regresaría con él”. Ella cree que Dios puede resucitar muertos y darles vida a
los huesos secos. Pero sabe que para Adal el divorcio era el barco que se
quemaba y jamás podría regresar, porque él lo decidió, no porque Dios dijera. Y
para ella lo que Dios diga se volvió lo más importante. Así que, recuperándose
de su mente fantasiosa, prefiere simplemente no hablar al respecto. Es costoso, como te digo amado lector. Y sólo Dios puede poner ese tipo de convicción de pecado y arrepentimiento en los corazones de los hombres, digamos que Adal esta ocupado buscando más opciones que otra cosa. Y así lleva ya años entonces, dudamos, pero no decimos nada...
Ella cuantificó
las perdidas que pensaba imposibles de medir. Les asignó a los años
sentimientos, a los engaños, emociones y fue perdonando conforme a lo que le
enseñaron en el curso que no promociono ( 😜blink, blink jajaja). Ofensa por ofensa,
en silencio y con paciencia. Entonces las pérdidas sí se pueden cuantificar,
siempre que les adjudiques un valor en sentimientos, en esa parte de ti que
perdiste, en eso que dejaste de ser por la mentira que creíste. Hay pérdidas
económicas, que también se pueden perdonar, pero las que son más difíciles de
definir, yo te recomendaría pedirle a Dios sabiduría y considerar que medidas
también son: años, emociones, nombre de las personas con las que perdiste relación
a causa de la pérdida principal, meses, partes de tu identidad que se escondieron
por la ofensa que recibiste, o algo así, por dar algunos ejemplos. Reconoce la pérdida y suéltala, como la oración que dejé hace poco.
Así que
recuerda, para perdonar no necesitas reconciliarte, pero para reconciliarte,
sí necesitas perdón.
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