Una entrada personal y colombiana
4:50 AM, 2
de septiembre, 2000
“El mal
tiempo imperaba en la zona y la orden era regresar. Pero al observar desde el
aire un reducto de la guerrilla, el capitán Tirso Javier Nuñez decidió regresar
pese a la orden de los superiores de que abandonara la zona. Justo cuando
decidió devolverse para enfrentarse con los subversivos se encontró con el
cerro.” **
¿Decidió
regresar? En ese momento, yo creo que mi tío no lo consideró una decisión, sino
un deber ser. Los narcoterroristas de las FARC estaban destruyendo otra población.
Otra de tantas. Acababan con ataques arteros con familias, formas de ganarse la
vida, medios de comunicaciones, de personas que vivían lejos de todos. Siempre iban en contra de los militares,
quienes buscaban defender a estos campesinos que, el día que mi tío perdió la
vida, eran quienes vivían en las faldas del cerro Montezuma. Historias
horribles de violaciones de niñas de lenguas distintas, abusos por parte de las
FARC a poblaciones remotas en lugares de nombres que no conozco, y un sinfín de
aberraciones que nunca nadie debía vivir, ni ver, ni conocer, pero que fueron,
marcarían la mente de mi tío para siempre. Hubo algunas cosas que en momentos
de vulnerabilidad compartiría con sus hermanos, pero la mayoría las dejó en el
cerro, cuando dejó de ser aquí en la tierra, y comenzó a vivir en el cielo.
Lo primero
que tuvo que hacer el entonces presidente Andrés Pastrana fue decir que el
avión fantasma no había sido derribado. Porque lo primero que hicieron los
infames narcoterroristas de las FARC fue jactarse de haberlo derribado. Porque la gloria
de ellos era dejar viudas y huérfanos, convertir campos de cacao, café, yuca y
maíz, en maldito "oro" blanco, desplazar millones de colombianos de zonas rurales
a ciudades que se sobrepoblaron. Su honor era destruir, robar y matar.
Cuando esto
pasó, se les podía llamar criminales a estos terroristas asesinos sin buscar un
millón de justificaciones de por qué decidieron convertirse en los hijos del
diablo que quisieron ser. Porque ahora justificamos a los criminales, y avillanamos
a los que nos dieron patria.
Podrán
decir que soy muy binaria, muy blanco-negro, muy ignorante. Que no vi toda la
historia. Podrán decir que lo que pasó después desestimaría lo que alcancé a
ver. Pero para mí por sus frutos los conocerás. Cuando Uribe fue presidente, se
pudo volver a la costa por carretera, en estas caravanas que mostrábamos por Televisión,
siendo ajenos a esa realidad mágica que estábamos viviendo. Celebrábamos que
podíamos hacer lo que en la mayoría de nuestros países vecinos era norma y
regla de vida desde siempre. Porque para nosotros vivir en paz se volvió una
ciencia mística, que parecía no tener cómo ser alcanzada. Y volver a tener
esperanza, esa que Dios le regresó a Colombia en ese punto de la historia a
través de la “mano firme, corazón grande”, fue lo máximo.
Con los
terroristas NO se negocia. Eso también me lo enseñó el presidente Uribe ¿Qué
paz total ha habido en Colombia después de regresarle tanto a las disidencias?
Con los que atentan contra la población civil para extorsionar al estado de
cualquier nación, NO se sienta a negociar. No se les da lugar de honra a los
criminales.
Ahora entiendo
que una de las bendiciones, de tanta nostalgia, que me dejó el haberme ido de
Colombia a principios de los años 2000, cuando el presidente Álvaro Uribe Vélez comenzó
a cambiarle la cara a mi tierra, fue justamente congelarme los recuerdos.
Siento que soy una cápsula viva del tiempo, de finales de la década de 1990 y
principios de la del 2000, de mi Bogotá. De mi Cundinamarca. De mi Colombia.
Yo recuerdo
cuando nos comenzó a dar miedo ir a San Pacho porque estaban los rumores de
que las FARC ya estaban llegando a La Vega. Yo recuerdo a la señora con el
collar bomba, que terminó explotando. Recuerdo la bicicleta bomba, y recuerdo
el caballo bomba. Recuerdo a los niños que eran usados para dejar frente a cuarteles
estas bombas asquerosas, infernales. Niños de 8 y 9 años que eran, en el mejor
de los casos, extorsionados para hacer una entrega única y en el peor,
amenazados y forzosamente reclutados, para formar parte de una organización terrorista
a la que nunca aplicaron, pero que los secuestró. Los pervirtió a la brava para
después volverlos enemigos (no voluntarios) de la nación. Recuerdo el miedo
genuino que los colombianos sentíamos cuando veíamos un carro abandonado por
mucho tiempo en alguna esquina, “¿será un carro bomba?”. Recuerdo el atentado
del club “El Nogal”. Recuerdo las malditas pescas milagrosas.
Recuerdo la
marcha por la paz que pintó las calles de Bogotá en 1998*. La recuerdo porque mi
uniforme ese día fue ir de blanco y en muchas iglesias oramos para que Colombia
dejara de ser azotada por esa violencia que parecía nunca ver el final de la noche.
A lo mejor sueno como disco rayado. Pero he aprendido a aceptar que para una niña que estaba por
cumplir 11 años, ver la muerte del benjamín de la familia de su madre, de una
manera tan inenarrable, y con todo el caos que vino alrededor de la recuperación
de su cuerpo, las noticias, el “quizás está vivo”, la angustia profunda de mi
madre al escuchar que su hermanito ya no estaba más…necesariamente iba a dejar
una huella profunda. Mi madre y mi tío tenían casi la misma diferencia de edad que
yo y mi hermano. Y eso que no era mi hermanito...Y eso que no era mi papá, como el coronel que murió poco antes
que mi tío era de una hermosa familia. Por el que mi tío quería regresar a
defender Patria. Por él y los demás soldados que estaban, con lo que podían,
defendiéndose de esos seres de destrucción representados en las FARC.
Y eso que
no era mi esposo…Como sí lo han sido de tantos. El trauma colectivo de Colombia
es insondable.
Y recuerdo
las consecuencias que yo en primera persona viví y que me he dado permiso de
sanar. Recuerdo el infarto que casi me da cuando en mi primer 16 de septiembre,
aquí en el entonces Distrito Federal, escuché cohetes -voladores- y pensé que
era un ataque de algo. Recuerdo que ver coches viejos, cuando tenía 14 años,
estacionados por mucho tiempo, me generaba ansiedad. Recuerdo mi necesidad imperante
de aclararle a todo el que intentara hacerme bromas sobre “si traía droga” que
eso no era un chiste. Que a mí no me daba gracia. Que representaba el dolor de
millones de colombianos. Recuerdo la incomodidad de muchas personas al yo decirles
que mi tío murió en la guerra contra los narcoterroristas que producen la droga
que ellos creían que yo traía. Chiste malo. Chiste cruel. Pero, si no les
decimos, ¿cómo van a saber? Eso era lo que yo pensaba. Aún lo pienso, pero me
engancho menos.
La tristeza
que hay en mi corazón de ver que mi México se convirtió en lo que tanto se
burló de mi tierra natal. En productor y comerciante, entre los líderes mundiales,
de narcóticos. Pero eso será de otra entrada. Quizás.
¿Por qué
escribo esto hoy?
Porque ver
a Timochenko diciendo que apoya a Iván Cepeda, y que eso se CELEBRE, se me hace
una ABERRACIÓN INOMBRABLE. Que en nombre de una “paz total”…mente fallida se le
haya dado lugar de honra a criminales de estado, a personas que deberían de
estar sumergidas en las profundidades de las cárceles gringas, en el MEJOR de
los casos, me parece una ABOMINACIÓN. Qué vergüenza para todos los héroes que
nos han dado patria. Qué vergüenza para todas esas viudas, huérfanos y familias
rotas de militares que dejaron su sangre en las cordilleras, valles, montañas,
páramos, desiertos y ríos de nuestra rica Colombia. ¿Cómo se nos pudo olvidar
todo tan rápido? ¿Cómo le compramos tantas mentiras al diablo?
“Cuando
los justos gobiernan, el pueblo se alegra. Pero cuando los perversos están en
el poder, el pueblo gime. El hombre que ama la sabiduría hace feliz a su padre,
pero si anda con prostitutas, desperdicia su fortuna. El rey que hace justicia
da estabilidad a su nación, pero uno que exige sobornos la destruye.”
No voy a
hablar de cómo el comunismo se ha permeado en toda la juventud y cómo nos ha
llevado a vivir como en los tiempos del profeta Isaías, donde a lo malo le llamamos
bueno, y a lo bueno malo. No voy a hablar de Paulo Freire y del daño infinito
que les hizo a las mentes de los más jóvenes al sur del río Bravo. No voy a
hablar de porqué es malo el comunismo. Porque me niego a decir que el agua
moja. Me rehúso a tener en este momento esa conversación. Además, muchos ya lo
hacen, y bastante mejor que yo. No voy a hablar de cómo les han pintado banderas
sociales a teorías ruines y de maldición para el mundo, para que se vuelvan digeribles,
y en el peor de los casos -como lo estamos viendo- símbolos de honra de quienes
las predican. Aunque he escrito mucho, no voy a hablar de esto.
Sin
embargo, que nos quede claro que por supuesto que hay un impacto profundo en
las elecciones que se consumarán este domingo 21 de junio. Nuestra lucha no es
contra carne ni sangre, sino contra fuerzas espirituales. Esas que cada tanto
van a invocar a la Habana todos nuestros líderes de izquierda desde que Fidel
se encostró ahí para -a precio de sangre- comprar victorias, y pagar por
nuestra ceguera colectiva. Para obtener el poder y la fortuna. Para acceder a
la trascendencia por una entrada ilegítima. Para establecer reinados de tinieblas
en nuestros países incautos, a través de gobiernos carentes de cualquier rastro
de temor de Dios.
Que la
intercesión de Jesús hace 2000 años sea realidad ahora, y que, aunque no
supimos cómo actuábamos antes, ahora lo sepamos.
Que Dios
nos perdone y que sepamos lo que hacemos. Como dice el himno de Colombia.
¡Patria,
honor y lealtad!
**https://www.eltiempo.com/archivo/documento/mam-1259648
*https://www.eltiempo.com/archivo/documento/mam-786997
Quienes desconocen su historia personal, la de su familia y/o su nacion, están sentenciados a repetirla; no solo para su propia vida, sino la de sus generaciones.
ResponderBorrarNuestras vidas y naciones necesitan a DIOS para sanar.
"Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová,
El pueblo que él escogió como heredad para sí."
Salmo 33-12.
Que el Sr quiera habitar en Colombia para que sea sanada.