Sólo para cristianos: ¿permiso para sanar?

Llevaba tiempo pensando en cómo escribir esto de una manera que fuera acertiva, pero igual honesta, amorosa y verdadera. He descubierto, para sorpresa quizás de pocos de los que me conocen, que soy una persona a la que le ha preocupado mucho más la validación de quienes me rodean de lo que sabía. Yo decía que lo que más me importaba era lo que Dios pensara de mí, pero mucho de lo que hacía no era indicativo de tal afirmación. Él mismo me ha estado confrontando mucho sobre la idolatría en mi vida. Yo, en mis cuentas, llevaba años sirviendo "al Señor", y "haciendo lo que debo hacer" para tener "la vida que se debe tener". Y en este mundo de presuposiciones y expectativas mal puestas, dejé en un último lugar muy religioso a Dios.

El verdadero señor al que le he servido toda mi vida ha sido la aceptación externa y la validación del otro, entre otros, pero Dios es hermoso y misericordioso. "Un día a la vez" me dice muy seguido. Esta verdad es una de esas píldoras que: uno, sólo Dios te puede mostrar y dos, son muy difíciles de tragar. 

Jeremías 2:13-18 refleja parte de lo que siento, y refuerza esta idea que sé que viene de Dios que todos somos de alguna manera como el pueblo de Israel. 

 

"Ustedes, pueblo mío,

cometieron dos pecados:

me abandonaron a mí,

que soy para ustedes una fuente

de agua que les da vida,

y se hicieron sus propios estanques,

que no retienen el agua.

Yo era su guía,

pero ustedes me rechazaron.

 

Israelitas,

¿qué ganan ahora con confiar

en el poder de Egipto

y en el poder de Asiria?

Ustedes son libres;

¡no nacieron siendo esclavos!

¿Por qué ahora los tratan así?

 

”¡Los soldados de Menfis y Tafnes

han acabado con sus gobernantes!

¡Lanzan rugidos, como leones,

y destruyen el país!

¡Han quemado las ciudades,

y ya nadie vive en ellas!

 

Antes de continuar, quiero también dejar a un lado una idea que me estorba en el zapato de escribir. Cuando uno se da cuenta de lo aprehensivo y personal que se ha tomado muchas cosas en la vida, sin necesidad, viene una sensación de vergüenza enorme que también hay que llevar a los pies de Jesús. Mi carácter con tendencias a la rumiación de pensamientos me ha llevado muchas veces a sentir pena abrumadora por cosas que hice "mal" hace mil años. Esto también me ha llevado a estar muy prevenida con las personas que se acercaron a mi vida para cualquier cosa... varias veces he pensado que personas que tienen buenas intenciones conmigo quieren lastimarme. He estado muy a la defensiva, y en consecuencia he muchas veces huido o golpeado antes de sentirme golpeada. He actuado desde mis heridas y en piloto automático más de lo que creía. Y por eso también me costaba trabajo escribir esto, porque no quiero ser hiriente ni postular juicios injustos, sin embargo, necesito abrir la conversación de la importancia del ministerio de la sanidad del alma como parte fundamental del servicio en el cuerpo de Cristo. En síntesis, de ninguna manera esto es un regaño o un reclamo a nadie en particular, y quiero escribir esto desde el amor que me ha producido vivir un proceso de sanidad. Siento que Dios desea que haga esto con las palabras que me ha prestado para comunicarme con los demás. Reconozco que para muchas personas puedo ser hiriente en lo categórica que soy, y también que para otras me pasaré de cordial y educada. Sea lo uno u lo otro, quiero enfocarme en lo que Dios quiere que represente en esta entrada.

Amo la iglesia cristiana, y mi manera de entenderla y verla a lo largo de los años ha cambiado dramáticamente. Como también yo lo he hecho.

Yo pensaba que la ruta del camino al éxito del "ser cristiano" era: hacer la oración de fe, que es igual a recibir a Jesús, comenzar a congregarme, asistir a cursos (a veces llamados discipulados, seminarios, talleres) que me ayudaran a encajar mejor dentro de la convención del ser cristiano, eventualmente abordar cosas del alma en congresos/convenciones de sanidad interior exprés (1-3 días con 5 conferencias que mueven diferentes fibras del alma sin verdaderamente ofrecer una solución para  dolores más profundos), mientras se asiste a reuniones regulares de enseñanza una o dos veces a la semana, y reuniones de oración (diarias, semanales o mensuales, depende de la iglesia) y empezar a servir en algún ministerio/red de apoyo hasta que pues ya uno se vaya con el Señor. Que no falten también las campañas evangelísticas (periódicas o eventuales, como 1 Millón para Jesús). La meta final es llenar las iglesias de personas que quieran servir para alcanzar a más personas que puedan hacer lo mismo en la congregación/iglesia/templo que se asista. Algo muy estilo organización multinivel. Hay siempre uno que otra variante en estos componentes (tipos de alabanzas, si se cree o no en los dones del Espíritu Santo, duración de los servicios dominicales, etc.), pero la sustancia es la misma. Llevar a personas a convertirse en congregantes regulares que eventualmente sean servidores y traigan a más personas para que hagan lo mismo. En las congregaciones más sanas, leer la palabra y orar regularmente es fuertemente incentivado por los líderes o ministros; de manera que las ovejitas puedan conocer a Jesús, y llegar al Padre. Y quiero dejar claro, no creo que este objetivo este mal, ni que todo lo que se hace en las iglesias esté necesariamente mal. Creo que lo que ha estado mal es hacer una nueva religión de lo que Dios desde el Antiguo Testamento ha querido establecer como una relación. Y hasta esta afirmación no deja de sonar religiosa para muchos. Es difícil evitar alimentar esa necesidad que tiene el hombre moderno de definir parámetros exactos o procesos científicos para acercarse a lo que no se conoce, es difícl evitar hacer un camino a nuestra manera para relacionarnos con Dios. Pero es necesario, y sobre todo es posible dejar de hacerlo...es posible y es muy necesario dejar de crear religiones para acercarnos a Dios. Así les cambiemos el nombre y el formato.

Como cristiana, he estado en casi todos los ministerios que puedo estar dentro del sistema de la iglesia cristiana contemporánea (sólo no en "varones" y multimedia hahahaha, creo). Pero me encontré en esta muy honda crisis de identidad detonada por un profundo dolor, que resultó siendo sólo la expresión de una acumulación de mentiras y cimientos mal puestos en mi alma. Yo pensaba que esa pena (que para que ustedes, amados lectores puedan entender, podría tener el título de crisis económica, muerte de un ser querido, muerte de un hijo, crisis matrimonial, crisis laboral, traición de alguien muy amado) me iba a matar. Pero yo ya me venía muriendo desde hace muchos años. Sólo que no lo sabía. Yo pensaba que esa tristeza sería el final de mi vida. Y lo fue. Porque creo que esa July se murió y volví a nacer, y a volver a creer en que el Creador del universo tenía un profundo deseo de relacionarse conmigo a través de la persona de Jesús de una manera en que en todos mis años de cristiana nunca había sucedido. Pero esta vez en consciencia de mi incapacidad de vivir sin Él, y mi necesidad de que Él sea mi vida. 

Fue así como sentí que me quemaron la casa y tuve que ver de qué estaban hechos mis cimientos. Para mi pena, creo que mucha madera y hojarasca. Pero para la Gloria de Dios, me di cuenta ahorita, estando aun con posibilidades para hacer algo diferente. Yo era una cristiana muy "viva" por categoría, pero en mi alma muchas cosas estaban descompuestas y muertas. Quizás lo más difícil para mí de reconocer todavía, y que cada día trabajo para desmantelar junto al Espíritu Santo, es lo alejada que estaban las realidades morales y espirituales de la palabra de Dios de mis convicciones profundas en mi alma. En pocas palabras, lo hipócrita que he sido. En mi mente yo pensaba que era de ciertas formas, pero mi cotidianidad gritaba otra realidad. Voy a hablar mucho en términos de lo que he aprendido en el programa de Restauración de la iglesia Canaán*. Bueno, de hecho, ya mucho he hablado en esos términos para ser super honesta 😅. Un ejemplo que dieron en una de las primeras clases que oí, pero que parecía estar relatando mi vida, fue: si yo pensaba que mi vida se estaba acabando porque "x" situación me está pasando, ¿dónde está esa creencia de que Dios es mi vida y el que me sostiene en todo momento? ¡En ninguna parte! ¡porque era una mentira!

Dios era un adjetivo más en mi autodenominación, en mi identidad de chocolate, como decimos en México. Dios era un "y también soy cristiana". Jesús no era el Verbo de mi vida. Y esa es la meta de Él: quien me hizo anhela ser mi verbo y mi sustantivo. Quiere ser mi identidad y quien me lleva a lo largo de la vida. Quien me modifica. En quien me sustento y se define mi ser. 

Pero en mi modelo del "camino al éxito cristiano" este planteamiento JAMÁS me había pasado por la cabeza, ni lo había podido escuchar ni entender así. Yo veía completamente normal decir ser una cosa y ser otra. Esta parte para mí es un poco incómoda, porque no quiero dejar de reconocer mi responsabilidad en que yo no haya decidido entender a Jesús como mi sustancia durante esos muchos años de cristiana "viva", pero tampoco puedo negar que no escuché muchos mensajes ni vi muchos modelos eclesiásticos que me lo presentaran así en palabras o en ejemplos.

Es decir, asumo la responsabilidad de que hay muchas facilidades en la vida moderna para no considerar lo que Dios quiere que el hombre haga (Dios lo quiere con el fin de preservar la integridad física, emocional y espiritual de nosotros). Para pronto, es muy fácil pecar. Es muy cómodo hacer lo que me destruye, porque cuando lo hago, no me sabe a destrucción, me sabe a placer. Nadie que mienta, fornique, se emborrache, se drogue, se masturbe compulsivamente, vea pornografía, sea chismoso lo hace y en el momento se siente mal. De hecho, lo hace porque se siente bien el huir de la realidad, de aquellos dolores que nos lastiman desde hace mucho tiempo. Desde niños aprendemos a silenciar la voz de la incomodidad cuando pecamos, buscando obtener la retribución inmediata del placer. Siendo adultos o madurando, llamamos a esa incomodidad "normal", o la hacemos "culpa de la educación que recibimos" (el patriarcado, valores judeocristianos, lo que quieras), y no entendemos que es más bien ese llamado a la santidad con el que todos los seres humanos nacemos, pero del que muchos nos olvidamos. Esa incomodidad que sentimos es ese pedazo de Dios en nuestra mente que nos llama a ser Santos, como ÉL es Santo. Esa incomodidad es lo que podemos ver de la santidad de Dios en nuestros corazones. Y no santidad en el sentido religioso, sino en el sentido original: apartarnos. Apartarnos del dolor que producirán las consecuencias de nuestros pecados. El mundo caído en el que vivimos nos ha llevado a anhelar la destrucción de nuestras vidas por medio del pecado, y Dios puso una consciencia en el corazón de todos los hombres que buscaba protegerlos del dolor que vendría a nuestras vidas por la destrucción. Nadie anhela en su consciencia ser destruido, pero malas herencias, malas enseñanzas, traumas, nos acostumbran a normalizar el pecado como camino para liberarnos del dolor. Y en la ignorancia, anhelamos ser destruidos conforme pecamos y huímos del Dios verdadero que nos da vida. Huimos de la vida y caminamos con convicción a la muerte. Todo a nuestro alrededor nos grita "es normal pecar". De hecho ya fuera de la iglesia ni siquiera está bien vista la palabra "pecar". Todo a nuestro alrededor grita "es normal equivocarse y echar a perder nuestra vida por las consecuencias de nuestras acciones autodestructivas, a las que acudimos para solucionar dolores que no hemos resuelto". Y cuando el hombre decide pecar, muere inevitablemente. Muere su espíritu, su propósito. Y cuando yo decidí huír de la luz de la verdad de Jesús para refugiarme en mis idolatrías y adicciones, fui responsable por mí elección.

Sin embargo, esta responsabilidad mía no evita la verdad de que tampoco hay referentes contemporáneos en la iglesia, que lleguen a millones de personas, de cómo lidiar con el dolor que me lleva a pecar. En general, dentro de la iglesia cristiana se manejan muchos "pues arrepiéntete y no peques mas" o "eso no se habla aquí", o "pues es que no tienes suficiente voluntad para dejar de hacer el mal". Existen algunos ministerios medianos o pequeños dedicados a esto, pero todavía no son la norma, ni se consideran una necesidad fundamental dentro de la iglesia. Por ejemplo, Canaán como ministerio ha sido llevado de la mano de Dios poco a poco. Aún alguien como Carl Lentz, ex pastor de la mega iglesia de Hillsong, ha vivido su proceso lejos de las multitudes. Y Dios ha decidido que sea así para que este tipo de ministerios echen raíces profundas y anchas, antes de crecer a lo alto. Pero creo que es momento de empezar a visibilizar más en la iglesia el tema del pecado y el alma. El pecado es el síntoma de la enfermedad que es para el hombre estar lejos de Dios. 

La distancia enorme entre la realidad de la santidad de la Biblia y la cotidianidad de los que nos consideramos cristianos es una nueva normalidad dentro de la Iglesia. Aquellos que creemos que es posible vivir en santidad, a pesar de no poderlo experimentarlo a cabalidad aún, somos considerados como raros en el mejor de los casos, como hipócritas en el peor. Pero que algo sea posible y yo no lo viva no significa que deje de ser verdad. Jesús vivió en santidad en un mundo estructuralmente caído, no en forma de Dios, sino en forma de hombre, para que todos pudiéramos vivir como Él vivió.

Jesús no es sólo un ícono o un hito en la historia de la humanidad. Es un modelo de cómo se puede ser si vivimos en profunda comunión con el Padre. Dice Filipenses 2:5-11

"Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre". 

Jesús se despojó de los privilegios de ser Dios y tomó forma de hombre. El profeta Daniel lo llamaba "hijo del Hombre" y así se le describió 88 veces en el Nuevo Testamento**. Este título no es accidente. Jesús, como segundo Adán, en condición de hombre, vino a mostrarnos la manera de vivir que más trascendencia y plenitud nos podría traer. Él nos abrió el camino con Su sangre para que todos pudiéramos vivir conforme al propósito con el que fuimos hechos. De esto hablaré en la próxima entrada.

El punto es, esa distancia entre la santidad de Dios que se plantea en la Biblia y la realidad del cristiano promedio no debería de existir. Jesús no vino a mostrarnos cómo no podíamos ser, sino todo lo contrario. Él no es sólo un ideal, con su vida nos mostró el camino para llegar al Padre. Por eso Él invertía tanto tiempo en oración. Por eso Él estudiaba la ley y a los profetas. No para que pensáramos que era imposible ser como Él sino para darnos la posibilidad de ser como Él. De vivir en amor profundo con nuestro Padre Celestial y actuar conforme a esa verdad. Jesús se sabía Hijo de Dios, aunque todos dudaron de Él, hasta el último de sus días, y aún en su resurrección. El valor, amor e identidad que Jesús tenía por sí mismo no venía de NADA terrenalmente externo, venía como producto de su intimidad con el Padre. Y en Jesús todos podemos llegar también al Padre. El paracleto, la ayuda idónea que nos dejó Jesús al irse, el Espíritu Santo, nos asiste continuamente para cerrar esa brecha entre lo que creemos que debemos ser como hijos de Dios y serlo. De hecho, comienza corrigiendo lo que creemos que debemos ser y después nos habilita para serlo. Igual eso será harina para otro costal. 

Dicho todo esto, creo que es importante darnos permiso en la iglesia de sanar. Démonos permisos mutuos de sanar, de descansar tras años de servir, de evaluar por qué hacemos las cosas en la iglesia que hacemos. Busquemos recursos de sanidad interior para abordar eso que nos duele y a nadie le mostramos. Reconozcamos que mientras minsitramos perdón no hemos perdonado a quien hace mucho nos lastimó. Seamos honestos sobre nuestras adicciones, los lugares seguros en los que nos escondemos de verdad, nuestros Egiptos y Asirias (como decía el pasaje de arriba de Jeremías). De nada nos sirve ser poco íntegros e hipócritas en la iglesia. No hay lugar seguro más que el Señor Jesús el día que estemos en Su presencia.  Abstengámonos de juicios mutuos, tengamos misericordia, seamos empáticos.

 El camino de la sanidad interior es muy personal, y sólo se puede hacer de la mano de Dios, guiados por el Espíritu Santo, caminando junto a Jesús. Quizás hoy unos están haciendo un camino que para otros no tiene sentido. Habrá quienes hacen en meses lo que a otros les toma años. No todos tenemos que sanar a la misma velocidad ni al mismo tiempo, pero las consecuencias de no hacerlo son evidentes en TODA la iglesia: abusos de todo tipo, robos, chismes, decepciones, idolatría (hacia personas o ideas, no a Dios). Uno de los mayores obstáculos para la fe de aquellos que quisieran conocer a Jesús es la vida incongruente de muchos que nos llamamos cristianos. Nuestra vida es el único testamento de Jesús que muchas personas pueden ver, y la amargura, religiosidad, resentimiento e hipocrecía en la que muchas veces nos hemos movido, teniendo el inri de cristianos, han dañado a mucha mies. 

El pecado que está en la iglesia es consecuencia de la falta de resolver en nuestro corazón la necesidad fundamental de ser amados y validados exclusivamente por Dios. Esto suele ser producido por una herida (trauma, mala enseñanza, mala herencia, entre otros) que cargamos desde hace tiempo. Habrá quienes se mueren con sus heridas abiertas asistiendo religiosamente a una misma congregación toda la vida. Habrá quienes viajan con ellas de iglesia en iglesia, llevando sus dolores a donde llegan. Muchos consideran que no las necesitan o pueden trabajar. Pero que están presentes y manifiestas son sus obras, están.

Hay Esperanza*. A las heridas dentro del cristianismo no hay que verlas como algo que se expulsa o se ignora, sino como el recordatorio de que, así como Jesús un día se hizo llaga por nosotros para curarnos, y así como recibimos paz a través de Su castigo (Isaías 53), nuestras propias llagas son el camino a una profunda dependencia de Dios que nos permite experimentar la sanidad y paz obtenida a través de esa cruz. La sanidad interior es un GRAN camino para vivir en profunda intimidad con Jesús, conocer el hermoso y perfecto plan del Padre para nuestras vidas y experimentar la ayuda incondicional del Espíritu Santo para prosperar en la vida. No voy a decir que el único camino porque me meto en problemas...hahahaha. Pero sí voy a decir que uno extremadamente efectivo. A mí me cambió la vida.

Invito a todas las iglesias a que sigan programas de sanidad interior profundos, como el que ofrece el ministerio de Canaán*. Nadie me paga por promoción, lo digo de pura experiencia. Y como disclaimer, no soy obra terminada, pero anhelo que Jesús esté satisfecho con la vida mía que también ha sido fruto de su aflicción, como dijo el profeta Isaías. 

Abrazos!!

*Este es el ministerio de Canaán (https://canaanusa.org/hay-esperanza/ promoción no patrocinada ni pagada hahahaha), recomendación de mi muy amado Pastor Aníbal, quien también me casó. 

**http://gotquestions.org/Espanol/Jesus-Hijo-Hombre.html



 






Comentarios

Entradas más populares de este blog

Sólo para cristianos: Misterio glorioso

Sólo para cristianos: Sangre Que Sana